Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe

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Es imposible que sor Juana y Fernández de Santa Cruz no hubiesen previsto que la aparición de la Carta atenagórica provocaría réplicas y comentarios. Pero el número y la violencia de algunos debe haberlos asombrado y, a sor Juana, atemorizado un poco. No han llegado hasta nosotros sino ecos de esa polémica y unos cuantos documentos directos; sin embargo, por lo que nos cuenta la Respuesta, sabemos que intervinieron varios clérigos y que algunos la atacaron con saña y sin miramientos por su doble calidad de mujer y de religiosa. La polémica cruzó el mar aunque allá no tuvo la acrimonia y la pasión de México.252 Desde el principio, por una suerte de convenio tácito -nada odia más el clero que el escándalo- se intentó no darle demasiada publicidad al incidente. Esta política continuó después de muertos los principales protagonistas.

En la Fama, Castoreña y Ursúa sólo se refiere de paso a los hechos, aunque sabemos que él fue uno de los defensores de sor Juana; Calleja habla con grandes elogios de la crítica del sermón de Vieyra pero no entra en el fondo del asunto; Oviedo se ocupa más bien en defender a Núñez de Miranda, tratando de mostrar que Juana Inés no correspondió a su afecto; Torres observa la misma actitud; exaltar y defender la memoria de Santa Cruz; en cuanto a José de Lezamis: ni siquiera se ocupa del embrollo. Este silencio pretende acallar lo que realmente ocurrió.

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