La Madre Naturaleza by Emilia Pardo Bazán — Read

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Los que no tenían casa ni amigos en Cebre, hubieron de dar con sus molidos cuerpos en el mesón que allí toma nombre de fonda; el Arcipreste fue a pedir hospitalidad a su correligionario el cacique Barbacana; y al viajero de los guantes, o sea don Gabriel Pardo, se lo llevó consigo el médico, sin permitir que se cobijase bajo otro techo sino el suyo, porque desde el primer instante le había entrado el cuñado del marqués, -y cuenta que no simpatizaba fácilmente con las personas el bueno de Juncal.

Agasajó a su huésped lo mejor que pudo y supo, diciéndole a cada rato que su señora estaba ausente, pero volvería dentro de un ratito, y entonces se sentarían a hacer penitencia. A pesar de las ideas avanzadísimas de Juncal, que con la revolución se habían acentuado aún más en sentido anticlerical y biliosamente demagógico, guardose bien de informar a don Gabriel de que la susodicha señora (nombre con que se llenaba la boca), había sido una panadera de las famosas del pueblo de Cebre: cierto que la de más almidonadas enaguas, limpias medias, rollizos mofletes y alegres y churrusqueiros ojos que tenía el país. Por sus muchos pecados, tropezó Juncal en aquel dulce escollo desde su llegada a Cebre, y al fin, después de unos cuantos años de enharinamiento ilícito, un día se fue, como el resto de los mortales, a pedir al párroco la sanción de lo comenzado sin su venia. Y justo es añadir que a su mujer, tan jovial y sencilla ahora como antes, se le daba un ardite de la posición social, y solía decir a menudo: -Cuando yo llevaba el pan a casa de don Fulano, o de don Zutano… . Hasta por un resto de afición a las cosas del oficio, había persuadido a su esposo a que adquiriese y explotase un molino, poco distante del prado en que el médico presenció el vuelco de la diligencia.

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