La Madre Naturaleza by Emilia Pardo Bazán — Read

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Antes de salir de Cebre a caballo, rigiendo una yegua y una mulita, detuviéronse cortos momentos Juncal y don Gabriel en el alpendre o cobertizo del patio del mesón donde remudaba tiro la diligencia. Yacían allí las víctimas del siniestro, una mula con una pata toda entablillada, y no lejos, sobre paja esparcida, cubierto por una manta, temblando aún de la bárbara cura que acababan de hacerle, el infeliz delantero, no menos entablillado que la mula. A su cabecera (llamémosle así) estaba el facultativo, que no era sino el famoso señor Antón, el algebrista de Boán. Máximo dio un codazo a don Gabriel, advirtiéndole que reparase en la peregrina catadura del viejo, el cual no se turbó poco ni mucho al encontrarse cogido infraganti delito de usurpación de atribuciones; saludó, sacó de detrás de la oreja la colilla, y empezó a chuparla, a vueltas de inauditos esfuerzos de su barba, determinada a juntarse de una vez con la nariz.

Miró Gabriel al pobre mozo que gemía, con los ojos cerrados, la cabeza entrapajada y una pierna tiesa del terrible aparato que acababan de colocarle, y consistía en más de una docena de talas o astillas de cañas de cortas dimensiones, defensa de la bizma de pez hirviendo que le habían aplicado. La criada y el amo del mesón se limpiaban aún el sudor que les chorreaba por la frente, cansados de ayudar a la operación de la compostura tirando con toda su fuerza de la pierna rota hasta hacer estallar los huesos, a fin de concertar las articulaciones, mientras el paciente veía todos los planetas, incluso los telescópicos.

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