La Madre Naturaleza by Emilia Pardo Bazán — Read

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Para subir a los Castros, había que dejar a un lado el monte y el encinar, torcer a la izquierda, y penetrar en uno de esos caminos hondos, característicos de Galicia, sepultados entre dos heredades altas, y cubiertos por el pabellón de maleza que crece en sus bordes: caminos generalmente difíciles, porque la llanta del carro los surca de profundas zanjas, de indelebles arrugas; porque a ellos ha arrojado el labrador todos los guijarros con que la reja del arado o la pala tropezó en las heredades limítrofes; porque allí se detiene y se encharca el agua y se forma el barro; los peores caminos del mundo en suma, y sin embargo encantadores, poéticos, abrigados en invierno porque almacenan el calor solar, y protegidos del calor en verano por la sombra de las plantas que se cruzan cerrándolos como tupido mosquitero; encantadores porque están llenos de blancuras verdosas de saúco, palideces rosadas de flor de zarza, elegancias airosas de digital, enredadas cabelleras de madreselva que vierten fragancia, cuentas de coral de fresilla, negruras apetitosas de mora madura, plumas finas de helecho, revoloteos y píos y caricias de pájaros, serpenteos perezosos de orugas, escapes de lagartos, contradanzas de mariposas, encajes de telarañas sujetos con broches de rocío, y desmelenaduras fantásticas de rojas barbas de capuchino, que allí, colgadas entre zarzas y matorrales, parecen ex-votos de faunos que inmolaron su pelaje rudo al capricho de una ninfa. Y aquel camino en que penetró la pareja montañesa añadía a estos méritos, comunes a todas las corredoiras, un misterio especial, debido a que era muy poco frecuentado de carros y de labriegos, y conservaba todo el mullido suave de su hierba virgen, que literalmente era un tapiz verde clarísimo, salpicado de esas orquídeas color entre lila y rosa que asoman fuera de tierra sólo los pétalos, sin hoja verde alguna; y como además era estrecho, y muy hondo, la vegetación de sus bordes, viciosa y lozana como ninguna, se había unido, y sólo a duras penas se filtraba de la bóveda una misteriosa y vaga claridad, una luz disuelta en oro y pasada al través de una cortina de tafetán verde.

Quien estuviese hecho a conocer estos caminos hondos, y el país gallego en general, no se admiraría de las particularidades que presentaba aquella corredoira, así en su virginidad y misterio como en ser más honda que ninguna y en estar trazada con extraña regularidad, como obra donde no sólo se descubría la mano del hombre, sino una mano ducha y hábil, que da a sus obras proporción y simetría. El nombre de Los Castros que lleva el lugar le explicaría bien, si antes no se lo dijese su pericia, por qué estaba allí aquella zanja abierta como por la pala del ingeniero militar de hoy, que ciertamente no la abriría más perfecta.

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