Explore "La Madre Naturaleza" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Se despertó muy tarde, rendido de su lucha con el insomnio. Cuando la cocinera, mocita frescachona, rubia, de buenas carnes -que desde la mudanza de estado de Sabel desempeñaba el negociado de los pucheros- le subió el chocolate a petición suya, eran cerca de las nueve y media: hora extraordinaria para los Pazos, donde todo el mundo madrugaba siguiendo el ejemplo del amo, a quien antes despertaban con la aurora sus aficiones de cazador y ahora su consagración a las faenas agrícolas.
Los pensamientos de Gabriel al dejar las ociosas plumas, desayunarse y asearse, fueron sobremanera halagüeños. Su sobrina le esperaría ya, y en tan amable compañía prometíase otra jornada como la de la víspera, otro viaje de exploración por los alrededores de los Pazos y, al mismo tiempo, por los repliegues de un corazón candoroso, tierno y franco, donde el artillero quería penetrar a toda costa. Y no sólo por inclinación, sino por deber, fundiéndose en su deseo los más egoístas y los más nobles sentimientos del alma, que eso suele ser, bien mirado, el amor. Gabriel se atusó y acicaló lo mejor posible, y se peinó de manera que el pelo le adornase con mediana gracia la cabeza (aunque sin recurrir a artificios de tocador, indignos de tan varonil y discreta persona), y aguardó, con ansiedad natural y disculpable, los golpecitos en la puerta. Corrió tiempo. Nada. Impaciente ya, midió repetidas veces el aposento, lo recorrió y examinó todo, abrió la ventana, asomose a ella, miró el paisaje, notó que el día era canicular y la temperatura senegaliana, espantó con el pañuelo las impertinentes moscas que venían a posársele críticamente en el hueco de las orejas o en la comisura de los labios -donde más podían fastidiarle-, sonrió ante las ingenuas pinturas del biombo, intentó coger un libro, miró el reloj… Nada. La incertidumbre le freía la sangre. Se determinó a salir, buscando el camino de la habitación de su cuñado. Recorrió salones, más o menos destartalados, y durante la caminata observó algún hermoso vargueño con incrustaciones, de esos que hoy se pagan y estiman tanto, abandonado y estropeándose en un rincón, algún cuadro al óleo, cuyo asunto era imposible adivinar, de tal modo se habían ennegrecido los betunes y las tierras, y tan resquebrajado se hallaba por falta de barniz; vio, en suma, indicios de lo que pudo ser en otro tiempo aquella señorial morada, que inspiraba a Gabriel dilatadas tesis de filosofía histórica. Sólo que entonces no estaba el horno para pasteles. ¿Dónde se habría metido todo el mundo? Porque tampoco el hidalgo de Ulloa parecía por ninguna parte. En su habitación sólo encontró Gabriel a la vieja perra de caza, tendida bajo el rayo de sol que de una ventana caía. Al ruido de los pasos del artillero, la perra entreabrió un ojo sin alzar el hocico que recostaba en las patas de delante, y azotó el suelo con el muñón del rabo, como dando los buenos días.