Carlos VI en la Rápita by Benito Pérez Galdós

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«Ya comprendo -le dije- tu impaciencia por llegar a Tetuán. Allí tienes a los médicos del Ejército español, entre los cuales los hay de muchísima ciencia, y de mano segura contra las peores enfermedades».

-Has adivinado mi intención. A eso voy. Me han dicho que entre tales Físicos hay uno que de este mal del humor, y de otros más hondos e invisibles, entiende como nadie. Porque aún no sabes que el mayor mal de mi esclava no es el achaque del ojo, ni la piel afeada, ni el que haya huido de su boca aquel aliento de rosas y clavellinas; no es eso lo peor, Confusio amigo, sino que con el mucho padecer, y el no dormir y el condolerse de su hermosura perdida, se le ha escapado de la cabeza el juicio que antes tuvo y que por ningún medio podemos devolverle. Desde que llegamos aquí, ha dado en la más extraña manía que cabe en cerebro de mujer, y es pensar y decir que no la queremos, que la atormentamos, que el parche que le ponemos en el ojo está envenenado para que se quede tuerta más pronto, y, por fin, ha caído en la disparatada locura de pedir que la devuelva yo a su primer dueño, un amigo mío de Fez, llamado El Jarráz (el zapatero), porque lo fue su padre. Este buen amigo me la vendió por poco dinero. mejor será decir que me la cambió por un burro, o que fue un excelente burro garañón el precio de la bella morita. No se contenta Erhimo con clamar por el zapatero, sino que se pasa el día gritando, y se quiere matar; a toda persona que ve en este patio, aunque sea desconocida, la llama, y como puede le cuenta su desgracia, le manifiesta sus ganas de ser restituida al que me la vendió, y le pide auxilio para tan grande locura o desatino, pues el zapatero se ha muerto, y aunque viviese no la cuidaría con el esmero y paternal cariño que yo pongo en ella. Créeme, Confusio; estoy afligidísimo: yo miro a mis mujeres, no como esclavas a estilo moro, sino como a hijas de Dios, mis iguales en la dignidad y el amor, y esto, yo te lo juro, es lo que más fijo se me ha quedado en el alma de todo el cristianismo, que abandoné cuando de aquella tierra me vine, y cambié de ropa, de habla y de conciencia.

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