Carlos VI en la Rápita by Benito Pérez Galdós

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Mi respuesta, puramente mental, a los métodos científicos del Cura, fue así: «Conformes, amigo Ruiz. Yo también revuelvo esa biblioteca y compulso esos libros. Pues ahora vas a ver cómo de tus estantes te quito el libro más substancioso, más inspirado y profundo, el estampado con más lindos caracteres, porque ese libro me gusta a mí, y quiero leérmelo y desentrañar su ciencia honda y su intensísima belleza». En efecto: don Juan Ruiz se fue a sus quehaceres en la ciudad, y yo, solo en la casa, hice de ella un estudio topográfico, bajando luego a las huertas amenísimas y al gallinero populoso. Hallándome en la admiración de éste, tuve la dicha de que Donata me diera la contestación a mi primera carta. Entró ella a recoger huevos, y al salir, de la misma falda en que los llevaba sacó el papel, y ruborosa me lo dio, suplicándome que no le escribiera más. Yo le dije que esto no podía ser, y que al día siguiente se dispusiera a recibir la segunda en la iglesia. En sus ojos y labios puso los más graciosos remilgos para decirme que no volviese a escribirle. Pero harto comprendía yo que los remilgos significaban: «Escríbeme más, y mañana recogeré tu carta en el momento de tomar el agua bendita».

Deliciosa era la epístola, que con su sintaxis pueril y su anarquía ortográfica me representaba la mujer tal como mi amante ambición la requería. Cierto que no se omitían en ella los inevitables aspavientos pudorosos, ni la monadita de espantarse de mi atrevimiento; pero luego venía la confesión de que era muy desgraciada, y el temor de que sus desdichas no pudieran tener remedio. Entre col y col, decíame que yo no le era hindiferente, y que me agradecía mucho la idalguía de querer libertarla; pero que no podía ser, y vuelta con que no podía ser. En fin, leída la carta en la soledad de mi cuarto, me apresuré a redactar la segunda, esmerándome en hacerla más incendiaria que la primera, y más arrebatada en la elocuencia de amor. La semejanza de Donata con la imagen que me forjé de la bella Erhimo era cada día más patente. Yo vestía mentalmente con el traje oriental a la sobrina, o lo que fuera, del señor Arcipreste, y veía realizado en su rostro y talle la suprema hermosura de mujer, sintetizando los ejemplares más perfectos. Sus ojos son todo el cielo, su boca toda la vida existente entre cielo y tierra, y de su seno para abajo los profundos abismos de creación, donde nacen los ángeles. Yo estaba loco; yo amaba tiernamente a Donata, con ilusión de poesía, y con el santo anhelo de fundir ésta en la prosa de la vida común.

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