Explore "Carlos VI en la Rápita" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
«¡Si serán listos esos sinvergüenzas, que me han engañado a mí! -exclamó el Capellán, dando un golpe en la mesa-; a mí mismo, señores, que siendo, como soy, católico ferviente, no creo en milagrerías. Ello fue en Gandesa, cuando servía yo en el Provincial de Teruel. Una patrona que allí tuve, y cuyo nombre no hace al caso, se emperró en que le llevara la rosa de Jericó: estaba la pobre en meses mayores. Llegaron por allí esos tunantes. Me acuerdo de verles en el pórtico de la iglesia, donde el cura les hacía el artículo, y a todos recomendaba que se proveyesen de aquellas porquerías. Llegué yo a comprar la rosa, porque la patrona no me dejaba vivir. ¡Maldita casualidad! Las rosas se habían concluido; pero me ofrecieron las hojitas del propio lugar en que estuvo el Señor orando. Yo no quería. O rosas, o nada. Pero los mercachifles y el cura mismo me querían hacer tragar las hojitas, diciéndome que la eficacia era tal, que no había parto desgraciado con semejante droga. Total, que caí en la trampa: ¡veinticuatro reales me sacaron por unas hojuelas arrugadas, con las que no se podría hacer un cigarrillo de papel!. ¡Lástima de dinero! La patrona se murió de sobreparto: Dios la tenga en gloria. Meses después, me encontré al cura que había tenido su parte en aquel timo, y le dije: 'Oiga usted, so farsante: tiene usted que darme un duro y una peseta que con su garantía me sacaron los ladrones aquellos de Tierra Santa'. Y él se echó a reír, y convidándome a refrescar, me dijo que a él le habían sacado mucho más, pues por unas botellas de agua del Jordán para curarle los ojos a su sobrina, las cuales valían tres duros, les arreó media onza, y ellos, al darle la vuelta, le encajaron un doblón de a cuatro. más falso que Judas. 'Y la sobrina, ¿curó de los ojos?.'. 'Sí, señor, curó. El agua no era falsa: la tengo por legítima del Jordán. Aún me queda un poco: se la ofrezco a usted para curarse ese grano que tiene en la nariz'. Le mandé a la porra, y no le he visto más».
La graciosa historia de los vendedores de santas bagatelas, y el incidente que contó el capellán, nos divirtieron hasta la hora de comer. Tanta simpatía me inspiró el Ansúrez acuático, que por disfrutar de su grata conversación me fui por la tarde al café con don Higinio y el Capitán. Reunidos en amena tertulia, nos contó Diego lances peregrinos de su vida de navegante; luego nos dijo que posee un buen falucho, en el cual saldrá dentro de unos días con carga para distintos puertos de la costa, rindiendo viaje en Cartagena, donde dejará el barco a un compadre suyo, y pedirá reenganche en la Marina de guerra. De lo mucho que habló el hombre de mar, no he podido colegir que sea casado, aunque sin duda lleva mujer consigo. Como yo le manifestara deseos de hacer un viajecito por la costa para ver mundo y esparcir los pensamientos, me invitó a navegar en su compañía de aquí a Cartagena. Si por el momento decliné muy agradecido la invitación, en el curso de la tarde, por inesperados sucesos, me sentí muy inclinado a no rechazar cualquier proporción de viaje que se nos presentara.