El obsequio de Ponce by Ramón López Velarde

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Luis Ponce era un pesimista sincero. Su filosofía no era tomada de los renglones sistemáticos con que el convencionalismo de ciertos pensadores ha recargado el tono oscuro de la vida. Había deducido su pesimismo de la contemplación directa de los espectáculos del mundo, sin juicios teóricos anticipados ni fines preconcebidos, y, amador leal de lo espontáneo, dejábase acariciar por los vientos de la prosperidad exterior, sin que juzgase quebrantada la rigidez de su doctrina, y consentía en complacerse en la onda tibia con que en el fuego interno del espíritu inunda, en ocasiones, los pensamientos, con plácido y leve misterio, sin que por ello se creyese inconsecuente con el criterio triste que, ciertamente, no tenía empeño especial en profesar. Luis Ponce era un pesimista que reía todos los días con risa franca.

Sus años eran de amor, como que andaba en la cumbre de los treinta, en la abundancia de las energías corporales, y en el cenit de la ilusión, si las ilusiones pueden calar el pecho de un soltero como Ponce, de pensamiento amargo y de tinta negra. Su amor participaba de la índole melancólica de sus ideas y se depositaba en las manos de Rosario Gil, creatura contemplativa y bondadosa sobre cuya cabeza caían ya las hojas huérfanas del otoño. Ponce encontraba en ella a la novia escogida que, por su aspecto de flor de otros mundos, invitaba a paraísos de idealidad, y que, en el cristal infantil con que sonaban sus palabras, hacía el don continuo de una brisa de paz que acallara el tumulto de las bajas pasiones. Y la amaba por su blancura pálida, que evocaba a la Renata de la novela francesa, y por el matiz de violetas difusas de sus ojeras perennes. La amaba con el sentimiento macizo del celibato que comienza a tener miedo a la chimenea sin lumbre y a los aposentos destartalados.

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