Explore "Paternidad" by André Theuriet on Textopian. Read with annotations and highlights.
Movido por el despecho y también por el vehemente deseo de conocer la causa de tan incomprensible enemiga, Delaberge abandonó a su vez la sala. Desde los umbrales de la alcaldía vio a Simón Princetot despidiéndose de sus amigos y atravesando lentamente la plazuela. El inspector general apretó el paso y le alcanzó ya bajo los tilos del paseo. Caminaba el joven con las manos en los bolsillos e inclinada meditativamente la cabeza. A solas ya, se iba disipando poco a poco su satisfacción por el triunfo obtenido. El calor y las irritaciones de hacía poco iban dejando lugar a una reflexión más justa y mesurada. Se acusaba Simón de haber mezclado su rencor personal en una cuestión de negocios, comprometiendo quizás los mismos intereses que se le habían confiado. Nada realmente había ganado obrando como un niño que golpea la piedra que le ha hecho caer. Su cólera en nada podía cambiar los hechos desgraciados que la habían motivado. Después, lo mismo que antes, continuaban siendo sus desilusiones iguales. Lo que la víspera había observado, oculto tras los abedules próximos a la puertecilla del parque, no dejaba de ser una realidad desoladora. La señora Liénard no se preocupaba de él y reservaba para su rival todas sus amables atenciones. Sentíase el corazón lleno de amargores al recordar lo que había visto la tarde anterior en Rosalinda: veía la puertecilla abrirse bruscamente, aparecer en ella amable la hermosa viuda y tender a Delaberge su mano en la que éste dejaba galantemente un beso.
Mientras sentía irritarse más sus celos y sangraba dolorosamente su corazón a tan odioso recuerdo, oyó muy cerca los precipitados pasos y la voz de aquel mismo hombre a quien de tal modo aborrecía.