Explore "El caballero de las botas azules" by Rosalía de Castro on Textopian. Read with annotations and highlights.
HOMBRE.- (Pensativo, pálido y triste, contempla a orillas del río cómo corren las aguas.) Así mí existencia… corre y corre monótona, cansada, y sin acabar nunca… ¡Musa maldita! Bien haces en no acudir a mi voz; mi llamamiento es el de la desesperación, y ¡ojalá me sorprenda la muerte sin volverte a ver! ¿Pero en dónde se encuentra ese ángel sombrío que cierra tantos ojos que quisieran ver la luz, mientras los míos que la detestan permanecen abiertos? (Vuelve a quedar inmóvil y pensativo.)
MUSA.- (Oculta entre la niebla que voltejea sobre una pequeña colina, y haciendo resonar sus palabras a semejanza del viento cuando agita las hojas secas en silenciosos remolinos, o balancea lentamente las altas copas de los cipreses.) ¡Pasa… pasa presto! Extínguete ya, germen de vida, que encierras en tu esencia males, agitaciones y desvelos. Tú no eres más que una pálida y fugitiva sombra, de falsa sonrisa, de aliento impuro, de sangre que miente púrpura cuando rompe la vena irritada, y es veneno que abrasa cuando circula rápida del corazón al cerebro, y del cerebro al corazón, que a su impulso late, sin tregua, sin descanso, hasta la muerte. Pasa, pasa presto; que si haces sentir y amar, y gozar y sufrir y aborrecer, todo sueño al fin, todo mentira, vanidad, ilusión, polvo… nada… tu refugio es el hoyo estrecho, en donde el ataúd perfectamente encajado guarda con primor el cuerpo corrompido que inocentes gusanillos charolados, felpudos, rojos, verles y brillantes, roen con placer infinito, mientras el cadáver reposa inmóvil bajo la elegante losa de mármol, o la enarenada superficie de un cementerio a la última moda. ¡Oh! ¡Qué bien se duerme en la tumba!… ¡Qué amable intimidad la de los gusanillos de mil colores, la de las plantas en germen, y la de la humedad de la madre tierra!… ¡Oh, venturosa calma de los muertos!… ¡Oh, ángel de tinieblas, bellísimo ángel sin olor, color, ni sabor! ¡Oh, tú, cuyo silencioso beso calma, según cuentan algunos, todas las penas y dolores!… ¿Será verdad lo que de ti murmuran los vivos? ¡Los vivos que no han muerto siquiera una vez!… ¿Cómo, pues, le conocen? Por conjeturas, por esas hijas de los espíritus inquietos, y dados a toda clase de pensamientos prohibidos… Mas… ¡cuán engañosas son!… Tú, muerte, eres muda, llegas, hieres y pasas, y ya en vano es interrogar al lecho vacío en donde hace poco se hallaba tendido un cadáver. ¡Un cadáver! ¡Qué palabra!… Ya en vano es alzar el grito al lado del féretro, alumbrado por los cirios, que arden y chisporrotean impasibles, que oscilan a veces y palidecen como si quisiesen apagarse. ¿Qué es todo aquello? Blandones en medio del día, llantos… silencio… asombro en torno… Él o ella allí, en reposo, sin ver, sin oír, sin hablar, en medio de los gemidos, de los que son todavía… A lo lejos, suenan los golpes melancólicos de una campana, y llega por fin la noche, ciérrase una tumba, la gente bulle por calles y plazas… «Ríen y cantan mientras la muerte se acerca silenciosa». Ya no hay féretro ni blandones, ni suena la campana. Él o ella, ¿en dónde están? Cuanto pasó ¿fue un sueño? ¡Acaso… !