El caballero de las botas azules

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-¡Ay! ¡Si pudiera convertirme en asesino del que me roba la paz y el sosiego! Mas diome Dios una conciencia justa, y ella no sentencia a muerte a mi verdugo. Sólo Dios es el árbitro de la vida. Y he aquí cómo, cuando pensaba acabar mis días en la calma y el reposo, reconcentrándome en mí mismo para gozar mejor la paz prometida a los hombres de espíritu tranquilo, tengo que concluir diciendo con todos los humanos: «No es este mundo lugar de descanso, sino pasaje penoso en donde inquietudes y temores nos van abriendo el sendero de la tumba. No huyas, pues, miserable mortal, de conocer como tus hermanos las espinas sembradas para todos en el camino de la vida. Tus plantas quedarán al fin ensangrentadas y tarde o temprano tendrás que llevar sobre los hombros el pesado hatillo, patrimonio del peregrino que camina hacia la eternidad». ¿Nos estará prohibido, a pesar de esto, llorar las pasadas dichas? No; que propio es del corazón del hombre alegrarse con la felicidad y gemir con la desventura. Y yo también gimiera, si así el llanto como la alegría no fuesen un exceso, al cual mi madura sensatez no me permitirá jamás abandonarme. ¿Quizá no es bastante haber perdido lo que más amamos sin que hayamos de añadir la inútil cuanto amarga ocupación de llorarlo? Pero, ¡qué apacibles, qué tranquilas mis noches antes de haberle visto? Y ahora no puedo estar nunca seguro de que no aparecerá delante de mí… No hallo lugar en donde no me hablen de él, en donde no me busquen por causa suya. Su recuerdo, su sombra me seguiría hasta la eternidad y hasta no podría morir tranquilo, lo confieso, antes de saber de qué son hechas aquellas botas y lo que significan aquel cascabel y aquella corbata maldita… esta idea no me abandona. ¡Triste condición la del hombre! Un ángel vela a su derecha, un demonio a su izquierda; y aun cuando yo no había llegado a creer sino en el primero, siento ahora que el segundo se hallaba traidoramente escondido dentro de mí para sorprender mi buena fe y presentárseme más tentador y más invencible. No; yo no me hubiera entretenido como Fausto en querer comprender la esencia de la vida, el espíritu que anima el universo, el más allá de la tumba, ni en evocar la sombra de la encantadora Elena o hacer morir de amor a la inocente Margarita; pero mi demonio se mete en una corbata y en unas botas azules, y heme aquí loco, atormentado y sin sueño. Y creía, ¡necio de mí!, no pertenecer al siglo XIX.

Así, medio sepultado en un gran sillón y con la cabeza oculta entre las manos, se lamentaba el señor de la Albuérniga de su azarosa cuanto cambiada suerte. Y no es que hubiese exageración en sus palabras, porque su bello rostro estaba pálido y ojeroso como el de una joven que se muere de amor. De cuando en cuando volvía los lánguidos ojos hacia el lecho de bronce que se veía a algunos pasos, y los apartaba después con expresión doliente y repitiendo con triste voz estos versos:

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