
Federico García Lorca dedica esta elegía a la figura de Doña Juana, princesa a quien llama enamorada sin ser correspondida y compara con un clavel rojo en un valle profundo y desolado. El poeta se dirige a su tumba, que rezuma tristeza a través de los ojos abiertos sobre el mármol, y evoca a Doña Juana como una paloma con alma gigantesca cuyo nido fue sangre del suelo castellano; derramó su fuego sobre un cáliz de nieve y, al querer alentarlo, sus alas se troncharon. Soñaba con un amor semejante al del infante que la sigue sumiso recogiendo su manto, pero en vez de flores, versos y collares de perlas, la Muerte le dio rosas marchitas en un ramo. Lorca le atribuye la formidable aurora de Isabel de Segura y de Melibea, y describe cómo su canto, semejante a una alondra que ve quebrarse el horizonte, se torna de pronto monótono y amargo. Su grito estremece los cimientos de Burgos, oprime la salmodia del coro cartujano y choca con los ecos de las lentas campanas, perdiéndose en la sombra tembloroso y rasgado. Se le atribuye la pasión que da el cielo de España: la pasión del puñal, de la ojera y el llanto. El poeta la llama princesa divina de crepúsculo rojo, con la rueca de hierro y de acero lo hilado, y lamenta que nunca tuvo el nido, ni el madrigal doliente, ni el laúd juglaresco que solloza lejano; su juglar fue un mancebo con escamas de plata, de acento enamorado como un eco de trompeta. Y sin embargo, dice Lorca, ella estaba hecha para el amor, para el suspiro, el mimo y el desmayo, para llorar tristeza sobre el pecho querido deshojando una rosa de olor entre los labios, para mirar la luna bordada sobre el río y sentir la nostalgia que lleva el rebaño, y para mirar los eternos jardines de la sombra. El poeta se pregunta si sus ojos negros siguen abiertos a la luz o si serpientes se enredan a sus senos exhaustos, y adónde fueron sus besos lanzados a los vientos y la tristeza de su amor desgraciado; imagina que en el cofre de plomo, dentro de su esqueleto, guarda el corazón partido en mil pedazos. Granada la guarda como santa reliquia. Lorca la compara con Eloísa y Julieta, a quienes llama dos margaritas, mientras que Doña Juana fue un rojo clavel ensangrentado, venida de la tierra dorada de Castilla a dormir entre nieves y cipresales castos. Granada era su lecho de muerte: los cipreses, sus cirios; la sierra, su retablo, un retablo de nieve que mitigue sus ansias con el agua que pasa junto a ella, la del Dauro. Granada era su lecho de muerte también como la de las torres viejas y el jardín callado, la de la yedra muerta sobre los muros rojos, la de la niebla azul y el arrayán romántico. El poema cierra retomando la imagen inicial: princesa enamorada y mal correspondida, clavel rojo en un valle profundo y desolado, cuya tumba rezuma tristeza a través de los ojos abiertos sobre el mármol.
By Federico García Lorca · First published 1921 · Genre: Elegy, Lyric Poetry, Romantic Poetry · 693 palabras
_Diciembre de 1918_ / (GRANADA) / A MELCHOR FERNÁNDEZ ALMAGRO
Princesa enamorada sin ser correspondida. / Clavel rojo en un valle profundo y desolado. / La tumba que te guarda rezuma tu tristeza / A través de los ojos que ha abierto sobre el mármol.
elegía · amor no correspondido · muerte · Granada · tristeza · Juana la Loca · poesía · clavel rojo · pasión · Castilla · España · desamor
Elegía a Doña Juana la loca figura en Textopian como poema de Federico García Lorca, con fecha de 1921 d. C.
Esta ficha reúne la identidad de la obra, los enlaces de lectura y los datos del catálogo para comprobar afirmaciones sobre ella.