
«El primer sombrero» es un cuadro costumbrista de José María de Pereda, narrado en primera persona, que combina reflexión sociológica sobre las costumbres populares de Santander con una anécdota autobiográfica de tono humorístico y levemente amargo. El narrador parte de la observación de un conocido que, tras quince años de ausencia, regresa a Santander y celebra el progreso material de la ciudad, aunque lamenta que las costumbres del pueblo no hayan experimentado una transformación semejante. El narrador rebate esta apreciación: en su opinión, el cambio en los usos populares ha sido en realidad más profundo que el arquitectónico. Para demostrarlo, evoca la Santander de mediados del siglo XIX, una ciudad donde la juventud de las clases acomodadas protagonizaba batallas campales entre bandos rivales, participaba en las llamadas «pedreas» de baja-mar, y se divertía persiguiendo y humillando a los tipos singulares del barrio —el tío Pipuela, Caparrota, don Lorenzo, Jerónimo el abotargado, Esteban el impasible— sin que nadie encontrase en ello nada reprochable. La «Unión soltera» y la «Sociedad sin nombre» sembraban el caos en calles, bailes, rosarios y procesiones de Semana Santa. Todo aquello se tenía por natural. El narrador sitúa el punto de inflexión en la llegada de las diligencias y los vapores: al abrirse horizontes más amplios, la clase acomodada fue abandonando paulatinamente esas costumbres. Quedaron como protagonistas del desorden la gente del pueblo y algunos recalcitrantes de la clase alta, reducidos ya a escaramuzas aisladas. A ese período de transición pertenece el episodio central del relato. El narrador tenía catorce años, aunque su corpulencia le hacía aparentar diecinueve. Un pariente le regaló un sombrero de copa: finísimo castor aplomado, de pelo largo y cilindro estrecho, parecido en su conjunto al que usaban los curas de aldea. Su familia insistía en que lo llevara los días de fiesta, alegando que ya «parecía un hombre» y que la gorra le sentaba mal. El muchacho lo resistía sistemáticamente —escapándose escalera abajo con la gorra puesta— porque conocía perfectamente las consecuencias de exhibirse por las calles de Santander con un sombrero de copa: en aquella ciudad, tal prenda era señal de debilidad o extravagancia, e invitaba irresistiblemente a la agresión colectiva. El día del Corpus llegó con un estreno de ropa que el narrador describe con irónico orgullo: pantalón de grandes cuadros con trabillas, tuina de mezclilla verdosa con cuello de terciopelo, chaleco de merino perla, corbata azul y roja con lazo de mariposa. Al mirarse al espejo comprendió que la gorra desentonaba con aquel atuendo; el sombrero, en cambio, le daba carácter de «persona decente». Vencido por las adulaciones de su familia, que supo explotar el momento de vanidad, se caló el sombrero, cerró los ojos y salió a la calle. Lo que siguió fue una sucesión de humillaciones. Dos pilluelos en un portal le gritaron «¡Agua! ¡Qué pirulera!» y le arrojaron tronchos de repollo. En el gentío de la procesión, un golpe despiadado le hundió el sombrero hasta la nariz; al sacarlo, la multitud le saludó con una descarga de pescozones. Cuando reaccionó y empezó a repartir puñetazos a ciegas, solo consiguió multiplicar los ataques: terminó con un ojo hinchado y el faldón de la tuina rasgado. Al llegar a la Ribera contempló los destrozos del sombrero —copa derrumbada, pelo erizado, color plomizo vuelto verde bilioso— y decidió volver a casa por calles solitarias. Al encontrar en el camino a un grupo de compañeros de colegio esperaba solidaridad; estos, sin embargo, rodearon su sombrero apostrofándolo irónicamente e intentaron «tomarle el pelo». Incluso bajo el Puente de Vargas le lanzaron una descarga de tronchazos y huyeron al ser sorprendidos. El narrador metió el sombrero bajo la tuina y llegó a casa asado por el sol, preferible al martirio pasado. En casa nadie le creyó. Ante la injusticia, entró en su cuarto y destruyó el sombrero a cortaplumas, cortándolo en cuatro pedazos. La represalia familiar fue severa, pero quedó liberado de nuevas afrentas; confiesa que no volvió a atreverse con el sombrero de copa en las calles de Santander hasta bien cumplidos los veinte años. El relato concluye encuadrando el episodio personal en una práctica social generalizada: en Santander de 1848, ciertos puntos de la ciudad —el Puente de Vargas, los portales del Peso Público, la esquina de la Plaza Vieja— eran emboscadas permanentes contra el sombrero alto. Nadie escapaba: ni los aldeanos de los Cuatro Lugares, ni los jóvenes de la ciudad, ni los amigos entre sí. Pereda cierra el cuadro con una velada ironía dirigida a la generación siguiente, que ya llevó el sombrero impunemente desde los catorce años pero que a su vez tendrá costumbres igualmente risibles a ojos del futuro: en 1868, las cencerradas y los gigantones seguían en plena vigencia en la misma ciudad que se llamaba «el Liverpool de España».
By José María de Pereda · First published 1868 · Genre: Realism, Costumbrismo, Social Satire · 3 chapters · 4,997 words
Un conocido mío que estuvo en Santander quince años ha y volvió á esta ciudad el último verano, me decía, después de recorrer sus barrios y admirar los atrevidos muelles de Maliaño, desde el monumental de Calderón:
-- Decididamente es Santander una de las poblaciones que más han adelantado en menos tiempo.
El primer sombrero is listed on Textopian as a short story by José María de Pereda, dated 1868 CE.
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narrativa breve · costumbrismo · realismo · literatura española · siglo XIX · sociedad tradicional · ambiente rural · vida provinciana · observación social · sátira · ironía · tipos populares