
La obra presenta a un personaje central, un anciano llamado Don Inocencio Lanas, que es un hombre avaro, tacaño y de costumbres peculiares. A lo largo de la narración, se describe su vida y su entorno, destacando su relación con la comunidad y su carácter misantrópico. A pesar de su apariencia y comportamiento, Don Inocencio es un personaje que provoca una mezcla de desprecio y compasión. La historia comienza con la descripción de su vida cotidiana, marcada por la avaricia y la falta de higiene. Se menciona su escasa interacción social y su negativa a ayudar a los demás, lo que lo convierte en un paria en su comunidad. Su muerte ocurre de manera repentina durante un servicio religioso, lo que provoca una serie de reacciones en la gente del lugar, que no lamenta su partida y recuerda sus malas acciones. Tras su fallecimiento, se revela la indiferencia de la comunidad hacia él. Las conversaciones entre los vecinos reflejan un desprecio generalizado, donde se destacan sus defectos y la avaricia que lo caracterizaba. La escena del entierro es casi cómica, ya que nadie se presenta para despedirlo, y su cuerpo es dejado en un estado de abandono. El relato también incluye reflexiones sobre la vida y la muerte, así como la memoria que se tiene de las personas. A través de la figura de Don Inocencio, se critica la hipocresía social y se plantea la idea de que la verdadera naturaleza de una persona se revela en su ausencia. La obra concluye con una meditación sobre el olvido y la falta de legado, sugiriendo que, a pesar de su existencia, Don Inocencio no dejó huella en el mundo. En resumen, la obra es una crítica a la avaricia y la soledad, utilizando el personaje de Don Inocencio como símbolo de una vida desperdiciada, marcada por la falta de conexión humana y el desprecio de la comunidad.
By Manuel Gutiérrez Nájera · First published 1896 · Genre: Satire, Tragicomedy, Social Commentary · 3,002 words
DON INOCENCIO Lanas era un siervo de Dios, grande amigo de Lucifer y un tanto cuanto emparentado con el apóstol Judas Iscariote, de quien ayer, si no recuerdo mal, se hizo memoria. Don Inocencio no tenía nada de inocencia. Entiendo que no dio nunca esperanza a sus maestros ni a su patria, fiel en esto a su arraigada costumbre de no dar nunca ni un comino; que, en achaques de aritmética, sólo sabía la regla de multiplicar, y la de dividir (en canal) a todo ser nacido; que jamás por jamás malgastó el tiempo y que, tacaño por temperamento, conservador por carácter y anti-liberal por principios, no quiso nunca contraer estado, parte por no encontrar doncellas ricas y parte por no querer soltar las cintas de la bolsa en provecho del juez y de la parroquia. Cuando yo conocí y traté a don Inocencio, era éste un vejete avellanado, de esos que no aparentan edad alguna definida y lo mismo pueden tener doscientos años que sesenta o setenta, echando por lo alto. Don Inocencio era todo lo que se llama un hombre feo; pero, feo de pendón y charreteras dobles. Tenía el color cetrino; enjuto el rostro; la nariz encorvada, como conviene a una ave de rapiña; brillantes y vivísimos los ojos, mal ocultos por unas gafas de notario; ancha la boca, parecida al hocico de las zorras; largos los pies, las manos y las uñas, como pintan los dibujantes místicos al diablo; chica la frente, rugosa como viejo pergamino; y enteco el pobre cuerpo, lleno por todas partes de salientes huesos, protuberancias y jorobas. Por no pagar los cuartos del barbero, don Inocencio se dejaba crecer todos los pelos que en la cara había (afortunadamente eran muy pocos) -y yendo más allá, si es que tal cabe, en el camino de la dejadez y el desaseo, dos veces nada más dentro del año, permitía que su cuerpo desmedrado gozara los abrazos de las ondas; y eso con tal parsimonia, que le era suficiente una pequeña palangana llena de agua para ponerse como un ascua de oro, o mejor dicho, como un hueso limpio. Los días solemnes en que don Inocencio se lavaba, eran el 25 de diciembre, día de Pascua, y el Sábado de Gloria en la mañana; por cierto que daba gloria verle en esos días, con cuello y puños limpios, cepillada la chupa dominguera, y tan campante, fresco y mocetón como un novio al principio del bodorrio o un sacristán al amanecer el Jueves Santo.
Don Inocencio is listed on Textopian as a short story by Manuel Gutiérrez Nájera, dated 1896 CE.
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