El escritor y sus fantasmas by Ernesto Sábato

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Freud fue un genio poderoso pero bifronte, pues por un lado hay en él esa intuición de la inconsciencia que lo emparentaba con los románticos, y del otro lado aquella formación positivista de la medicina de su tiempo. Se observa así en él una tendencia a reducir cualquier fenómeno cultural al conocimiento científico, un poco como también sucede con los marxistas. Un magnífico pensador como Kosik, en su Dialéctica de lo concreto dice: «Esta capacidad de trascender la situación, en la que se funda la posibilidad de pasar de la opinión a la ciencia, de la doxa a la episteme, del mito a la verdad, etc.» en que se advierte cómo hasta en un marxista de alto vuelo hay un resto de aquel pensamiento ilustrado que valoriza «la luz» sobre «las tinieblas», y que pone al mito en la región de la equivocación o el atraso.

Y resulta doblemente curioso que el mismo filósofo que da valor absoluto al arte no piense que el mito, como el sueño, pertenece al mismo universo del arte, y ofrece las mismas características de la «totalidad concreta» que para el marxismo, como para el existencialismo, es la forma del absoluto. Ya Vico vio el parentesco del mito con la poesía, y es evidente que el espíritu del artista sigue siendo mitopoyético. El mito no es teórico, y hay que concordar con Cassirer en que desafía todas las categorías del pensamiento racional. Su «lógica» es inconmensurable con nuestras concepciones de verdad científica. Pero la filosofía racionalista nunca ha querido admitir semejante bifurcación, y siempre ha estado convencida de que las creaciones de la función mitopoyética deben tener un sentido inteligible. Y el mito lo oculta tras todo género de imágenes fantásticas y de símbolos, la tarea del filósofo ha de ser la de desenmascararlo.

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