Explore "Tiempos recios" by Mario Vargas Llosa on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cuando Efrén García Ardiles se enteró por Símula que Arturo Borrero Lamas estaba agonizando, dudó unos instantes. Pero, por fin, se animó. Y pidió a la antigua ama de Marta que preguntara a su ex amigo si le permitiría visitarlo. Ante su sorpresa, Arturo respondió que sí. E incluso le dio el día y la hora de la visita: el sábado a las cinco de la tarde. Efrén recordó que ése era el día en que, antaño, se reunían los amigos de Borrero Lamas en su casa a jugar ese juego de naipes ya extinguido en el resto del mundo, el rocambor. Habían pasado sólo unos cuantos años desde entonces, y, sin embargo, cuánto había cambiado Guatemala en este tiempo. Y su vida también. ¿Cómo encontraría a Arturo?
Estaba peor de lo que había imaginado. Guardando cama y su dormitorio convertido en un cuarto de hospital, con medicamentos por todas partes, una enfermera permanente que, por discreción, se retiró de la habitación apenas entró él, y en penumbra, las cortinas corridas porque al enfermo le molestaba la luz. Había un olor a medicinas y a enfermedad que le recordó la vieja profesión que había dejado de ejercer. Las antiguas criadas, Patrocinio y Juana, seguían allí. Arturo estaba muy flaco, demacrado, y su voz y la mirada de sus ojos hundidos eran cansinas. Hablaba bajito, con grandes pausas, moviendo apenas los labios, como si le costara gran esfuerzo.