Explore "El sueño del celta" by Mario Vargas LLosa on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cuando los padres Carey y MacCarroll entraron a su celda, Roger había recibido ya el papel, la pluma y la tinta que pidió, y, con pulso firme, sin titubeos, había escrito de corrido dos breves misivas. Una a su prima Gertrude y otra, colectiva, a sus amigos. Ambas eran muy parecidas. A Gee, además de unas frases sentidas diciéndole cuánto la había querido y los buenos recuerdos de ella que guardaba su memoria, le decía: «Mañana, día de St. Stephen, tendré la muerte que he buscado. Espero que Dios perdone mis errores y acepte mis ruegos». La carta a sus amigos tenía el mismo relente trágico: «Mi último mensaje para todos es un sursum corda. Deseo lo mejor a quienes me van a arrebatar la vida y a los que han tratado de salvarla. Todos son ahora mis hermanos».
Mr. John Ellis, el verdugo, vestido siempre de os curo y acompañado de su asistente, un joven que se pre sentó como Robert Baxter y que se mostraba nervioso y asustado, vino a tomarle las medidas -altura, peso y ta maño del cuello- para, le explicó con naturalidad, determinar la altura de la horca y la consistencia de la cuerda. Mientras lo medía con una vara y anotaba en un cuadernito, le contó que, además de este oficio, seguía ejerciendo su profesión de peluquero en Rochdale y que sus clientes trataban de sonsacarle secretos de su trabajo, pero que él, en lo relativo a este tema, era una esfinge. Roger se alegró de que partieran.