Explore "El sueño del celta" by Mario Vargas LLosa on Textopian. Read with annotations and highlights.
La etapa de su vida en que estaría más inmerso en los problemas de Irlanda, Roger Casement la inició viajando a las Islas Canarias, en enero de 1913. A medida que la nave se adentraba en el Atlántico, se le iba quitando un gran peso de encima, se iba desprendiendo de aquellas imágenes de Iquitos, el Putumayo, las plantaciones caucheras, Manaos, los barbadenses, Julio C. Arana, las intrigas del Foreign Office, y recobraba una disponibilidad que ahora podría volcar en los asuntos de su país. Ya había hecho lo que podía por los indígenas de la Amazonia. Arana, uno de sus peores verdugos, no volvería a levantar cabeza: era un hombre desprestigiado y arruinado y no era imposible que terminara sus días en la cárcel. Ahora debía ocuparse de otros indígenas, los de Irlanda. También ellos necesitaban librarse de los «aranas» que los explotaban, aunque con armas más refinadas e hipócritas que las de los caucheros peruanos, colombianos y brasileños.
Pero, pese a la liberación que sentía alejándose de Londres, tanto en la travesía como en el mes que permaneció en Las Palmas, estuvo fastidiado por el deterioro de su salud. Los dolores en la cadera y en la espalda debidos a la artritis le sobrevenían a cualquier hora del día y de la noche. Los analgésicos no le hacían el efecto de antes. Debía permanecer horas tendido en la cama de su hotel o en un sillón de la terraza sudando frío. Andaba con dificultad, siempre con bastón, y ya no pudo emprender las largas caminatas por la campiña o por las faldas de los cerros como en viajes anteriores por temor a que en pleno paseo lo paralizara el dolor.