Explore "Las armas del alba" by Carlos Montemayor on Textopian. Read with annotations and highlights.
A cien metros del camino de terracería, Matías depositó el equipo y lo cubrió con ramas de pinos y de encinos. A los pocos minutos escuchó motores que aceleraban. Dos camionetas jeep ascendieron velozmente por la cuesta. Cada vehículo transportaba algo más de una docena de soldados. Matías permaneció tendido en la tierra, oculto entre los matorrales. Cuando dejó de escuchar los motores se incorporó. El viento frío de la mañana era más intenso en la cuesta. Había un profundo silencio, el mismo que había conocido muchos años atrás. Ahora le parecía que el silencio de la sierra se acercaba a él como algo familiar, que lo reconocía. Avanzó de prisa para retornar a Madera. Por un instante contempló la llanura de la ciudad, el amplio trazo de las calles, los pinares que rodeaban las abundantes milpas y huertos. Desde esa altura la tierra parecía quieta, armoniosa, sin mácula. Descendió por la cuesta. Caminó más de media hora por las faldas de la sierra. Había soldados en muchos sitios. Ya en la llanura, bordeando las huertas y los pequeños ranchos de los alrededores, se aproximó a una zona cercana al canal y a las vías del tren. Quería acercarse al cuartel. Se introdujo en un pequeño rancho. A la distancia, un hombre junto a la barda observaba el movimiento de los soldados en las calles aledañas. Era el encargado del rancho. El hombre lo escuchó y avanzó hacia él; vio a Matías sucio, mal vestido, con una pistola escuadra 38 fajada en la cintura y un fusil. Ambos oían el desplazamiento de soldados, motores de vehículos, disparos aislados, distantes. El hombre escuchó la explicación de Matías con paciencia. Pasaban ya de las diez de la mañana. Matías dudó un instante; bajó el fusil.
-No entrarán los soldados aquí -repitió el hombre. Este rancho es propiedad del presidente municipal y ellos lo saben. Pero usted no puede estar con esa ropa. De un momento a otro llegarán los trabajadores.