Las armas del alba by Carlos Montemayor — Read

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Cuando oscureció por completo, Ramón Mendoza y Escóbel emprendieron el camino hacia Tres Ojitos. Por la sierra, en la noche, iban oscuros entre las sombras. El frío era muy intenso y no desaparecía a pesar del sudor, del esfuerzo de la caminata. Comenzó a llover. La lluvia iba cayendo en los pinares, frenándose en los ramajes del bosque, sonando gradualmente, como lluvias sucesivas. Avanzaban por los sitios más densos de los pinares y tomaban por momentos algunas veredas. Llegaron al poblado hacia las dos de la mañana e hicieron un rodeo por los claros del bosque para llegar a la casa. Avanzaron a tramos y se detuvieron a distancia. Fuera del bosque la lluvia caía fina, silenciosa. Comenzaron a arrojar piedrecillas al techo, una por una, a intervalos. La lluvia se fundía con el olor a ganado, a humedad de pinos, hierba, tierra. Vieron las siluetas de dos perros a lo lejos, atrás de la casa. Parecían estar atentos, aguardar algo.

-Los perros no ladran -apuntó Escóbel en voz baja. Alguien está con ellos.

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