Explore "Sobre el fascismo" by Antonio Gramsci on Textopian. Read with annotations and highlights.
El gobierno y la prensa burguesa buscan una distracción para enmascarar el fracaso de las negociaciones de paz entre los parlamentarios fascistas y los parlamentarios reformistas. La distracción ya ha sido encontrada: el partido comunista. El partido comunista no quiere la pacificación; el partido comunista es la causa de todas las desgracias y de todos los sufrimientos que se abaten sobre el pueblo italiano; el partido comunista es una asociación de bandidos, de asesinos, de delincuentes comunes; el partido comunista es el único origen del fascismo. Y como el partido comunista no quiere la pacificación, el gobierno de Bonomi no puede dejar de seguir permitiendo que los fascistas hagan todo lo que los fascistas quieran. Los centenares y millares de depósitos de armas y municiones que los fascistas han acumulado, a menudo públicamente, no serán secuestrados. Las ametralladoras, los cañones, los lanzallamas, los fusiles, les serán dejados a los fascistas. Los fascistas podrán seguir desfilando por las ciudades, en columnas, con el fusil al hombro, con los cascos en la cabeza, con los correajes llenos de granadas. El Estado no intervendrá, no aplicará las leyes, no abrirá las prisiones, no molestará a los jueces. El Estado, por lo que concierne a los fascistas, no es una administración de la ley, una organización represiva y punitiva. El Estado no existe para los fascistas, el Estado reconoce en los fascistas una autoridad independiente y trata con ellos, de igual a igual, y les reconoce el derecho, en caso de que no se produzca la pacificación, de seguir impunemente incendiando, asesinando, invadiendo ciudades y pueblos, decretando exilios y disoluciones de administraciones públicas. Hay cierta ironía en esta acción pacificadora del gobierno italiano. ¿Quién será entonces el custodio y fiador del "tratado de paz"? ¿Quién se fiará de la palabra de un gobierno que en tal forma descarada confiesa o ser impotente o actuar de mala fe? ¿Cómo hará respetar la "carta" que debería ser jurada por los subversivos y los fascistas, este gobierno que no hace respetar la carta fundamental del Estado jurada por el rey al pueblo italiano?
Ciertamente, los comunistas no participarán en este fraude, ciertamente no cometerán este crimen contra el pueblo italiano. No puede haber paz entre el verdugo y su víctima, no puede haber paz entre el pueblo y sus asesinos. El partido comunista asume toda la responsabilidad de su posición. Sabe que de esta forma se convierte en el blanco de la coalición reaccionaria, pero también está seguro de que aunque fuese "pacifista" igualmente sería el blanco de la reacción coaligada. La clase obrera italiana ha visto ya cuánto valen las palabras del gobierno italiano, después del desalojo de las fábricas ocupadas. No debía haber represalias: los obreros han sido encarcelados por millares, y los tribunales sudan tinta para tramar un colosal complot; por centenares de miles los obreros son arrojados a las calles a morir de hambre junto con sus familias. En Turín incluso los obreros socialistas han sufrido un desengaño por haber confiado en la palabra de los reaccionarios: han dejado que en primer lugar fuesen despedidos de las oficinas los comunistas, los más audaces luchadores de la revolución, han firmado un pacto; hoy les ha tocado su turno, hoy son ellos los despedidos. ¿Quién hace respetar a los reaccionarios los pactos, las promesas, los juramentos? ¿Acaso no demuestran ya, desde antes de la pacificación, toda su mala fe? No es con los comunistas, no es con el partido comunista como pequeño núcleo de individuos asociados, contra quien está enfurecida la reacción; está enfurecida contra la clase obrera y campesina, como masa de asalariados esclavos del capital; teme que la clase trabajadora en su totalidad, bien sea comunista, socialista, republicana, popular, oprimida, tiranizada, hambreada, se levante contra sus explotadores y ponga de cabeza las actuales relaciones de clase. En Ferrara ni siquiera se había formado aún una sección comunista, y sin embargo en Ferrara el fascismo ha sido especialmente feroz. En todas las zonas agrícolas, en el Polesino, en el Reggiano, en las Puglias, donde el fascismo ha instaurado el régimen colonial, el partido comunista, esencialmente obrero y urbano, contaba con poquísimas fuerzas. Donde el partido comunista era especialmente fuerte, como en Turín, el fascismo ha tardado hasta el mes de abril en entrar en escena. Su agresividad ha coincidido con la crisis industrial, con el lock out de la Fiat, y ha aparecido clarísimamente como una táctica coordinada de la lucha capitalista contra la organización sindical. El fascismo no es una asociación particular, así como no es una asociación particular el comunismo. El fascismo es un movimiento social, es la expresión orgánica de la clase propietaria en lucha contra las exigencias vitales de la clase trabajadora, de la clase propietaria que quiere, con el hambre y con la muerte de los trabajadores, reconstruir el sistema económico arruinado por la guerra imperialista. En esta lucha la iniciativa pertenece todavía a la clase propietaria, así como al fascismo pertenece la iniciativa de la guerra civil: la clase trabajadora es la víctima de la guerra de clase y no puede haber paz entre la víctima y el verdugo. Quien hoy quiere arrastrar al proletariado a la pacificación, es también él un verdugo: por la piedad que inspiran hoy los diez asesinados, preparan para mañana la muerte de miles. Esto ni siquiera es piedad, es hipocresía vil; el partido comunista no quiere ser ni hipócrita ni vil, precisamente porque siente una verdadera piedad humana por el destino atroz del pueblo trabajador.