Explore "Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?" by Mark Fisher on Textopian. Read with annotations and highlights.
«Un muchacho me dijo una vez», explica Neil McCauley, jefe del crimen organizado en el film Fuego contra fuego de Michael Mann (1995), «no te comprometas con nada que no puedas sacarte de encima en treinta segundos si ves que la cosa viene mal doblando la esquina». Una de las formas más fáciles para aclarar las diferencias entre el fordismo y el posfordismo sería comparar la película de Mann con las tradicionales historias de gangsters de Francis Ford Coppola y Martin Scorsese, filmadas entre 1971 y 1990. Los criminales de Fuego contra fuego no son ya las familias italianas enlazadas con el «país de nuestros ancestros», sino las pandillas desarraigadas de un Los Ángeles de metal cromado y cocinas de diseño, de autopistas sin atributos específicos y diners abiertos las veinticuatro horas. El color local, el aroma de la cocina y los idiolectos culturales de los que dependen films como El Padrino y Buenos muchachos han sido reformados y pintados a nuevo. Los Ángeles de Fuego contra fuego es una ciudad sin puntos de orientación, una ensalada de marcas en las que el territorio delimitado fue sustituido hace tiempo por las vistas repetidas de las franquicias. Los fantasmas de la Vieja Europa que deambulan en las calles de Scorsese y Coppola fueron exorcizados y enterrados junto a las vendettas calientes en algún lugar debajo de las cafeterías de cadenas internacionales. Es posible incluso sacar conclusiones del mundo de Fuego contra fuego a través del nombre de su protagonista, Neil McCauley. Es un nombre anónimo, como de pasaporte falso, un nombre despojado de historia (aunque en él resuene de forma irónica el nombre de un historiador británico, Lord McCaulay). Comparémoslo con Corleone: el viejo Padrino llevaba el nombre de su pueblo natal. McCauley en cambio es, posiblemente, el rol de De Niro más próximo a su propia personalidad: el nombre es una pantalla, una cifra sin profundidad, fríamente profesional, reducido a la pura preparación, la investigación, el método («hago lo que hago mejor»). McCauley no es ningún jefe mafioso antiguo, altisonante y rellenito, parado en la cima de una barroca jerarquía que se maneja con códigos tan solemnes y misteriosos como los de la Iglesia Católica y que están escritos en la sangre de un millar de feudos. La pandilla de McCauley está formada por profesionales, emprendedores-especuladores pragmáticos, técnicos del crimen cuyo credo es exactamente el inverso al de la lealtad familiar estilo cosa nostra. Los lazos familiares son insostenibles en estas condiciones, como McCauley le dice al envalentonado personaje de Pacino, el detective Vincent Hanna. «Si vas a estar encima mío permanentemente y a mudarte cuando yo me mude, ¿cómo vas a hacer para cuidar tu matrimonio? ». Hanna es la sombra de McCauley, un hombre forzado a reconocer su propia insustancialidad, su movilidad perpetua. Como cualquier mesa de accionistas, los integrantes de la pandilla de McCauley solo están unidos por la perspectiva del cobro de utilidades. Cualquier otro vínculo entre ellos sería un añadido, y casi con seguridad, un añadido peligroso. Su arreglo es temporal, pragmático y lateral: saben que son partes intercambiables de una gran máquina, que no hay garantías y que, en el fondo, nada dura. Frente a esto, los criminales de Buenos muchachos parecen sentimentales sedentarios arraigados en comunidades exhaustas y territorios nefastos.
La ética de McCauley no es otra que la que examina Richard Sennett en La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo, un estudio señero en el área de los cambios afectivos que trajo la reorganización posfordista del trabajo. El eslogan de estos cambios es bien sencillo: «No hay largo plazo». Los trabajadores del capitalismo clásico podían adquirir un único conjunto de habilidades interorganizadas y esperar que el progreso llegara solo dentro de una estructura organizacional jerárquica y rígida; hoy en día los trabajadores siempre deben adquirir nuevas habilidades en su deambular de puesto en puesto, de empresa en empresa. En la medida en que la organización del trabajo se descentraliza, en la medida en que las redes horizontales sustituyen la jerarquía piramidal, la ventaja reside en la flexibilidad. Sennett hace hincapié en las presiones intolerables que estas condiciones ponen sobre la vida familiar, haciéndose eco de la burla de McCauley a Hanna: ¿cómo vas a hacer para cuidar tu matrimonio? Los valores sobre los que la familia se asienta (la noción del deber, la confianza, el compromiso) son ideas viejas desde la perspectiva del nuevo capitalismo. Y al mismo tiempo, con la esfera pública bajo ataque y las redes de protección del «Estado niñera» (Nanny State) cada vez más desmanteladas, la familia se convierte en un refugio, un lugar para tomar descanso de las presiones de un mundo en el que la inestabilidad es una constante. La situación de la familia en el capitalismo posfordista es contradictoria, tal como lo entrevió el marxismo clásico: el capitalismo, por un lado, necesita de la familia como medio esencial para la reproducción y el cuidado de la fuerza de trabajo y como un bálsamo para las heridas psíquicas que la anarquía de las condiciones socioeconómicas deja en las personas. Por otro lado, el capitalismo socava las relaciones familiares y afectivas de forma permanente: le niega a los padres la posibilidad de pasar con sus hijos el tiempo necesario y presiona a las parejas con responsabilidades extremas al convertir a sus integrantes en la única fuente de consolación afectiva que tiene el otro, etc.