Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?

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Office Space (1999), la injustamente subestimada película de Mike Judge, es una exposición tan aguda del espacio de trabajo de las décadas de 1990 y 2000 como Blue Collar (1978) de Paul Schrader lo fue para la de 1970. Judge no narra la clásica confrontación entre los representantes sindicales y la gerencia de una fábrica, sino las desavenencias de una corporación esclerótica socavada por la «antiproducción» administrativa: los trabajadores reciben distintos memos de diferentes gerentes que dicen lo mismo. Obviamente, el memo en cuestión refiere a una práctica burocrática: busca generar aceptación entre la planta de empleados hacia la nueva política de encabezar los reportes con «carátulas». En sintonía con el ethos del «ser astuto», el estilo gerencial en Office Space es una mezcla de la informalidad del jefe que anda en remera y el autoritarismo tranquilo. Este mismo gerencialismo, muestra Judge, está presente en la cafetería de una cadena internacional en la que los trabajadores de la oficina se distienden. Al staff de la cafetería se le pide que lleve «siete piezas distintivas» (prendedores o algo por el estilo) que expresen «individualidad y creatividad»: un ejemplo contundente de la manera en que la creatividad y la autoexpresión se convirtieron en algo intrínseco al trabajo en las sociedades de control; como han señalado Paolo Virno, Yann Moulier Boutang y otros autores, hoy en día los trabajadores reciben demandas no solo productivas, sino también afectivas. Es más, el intento de cuantificar con crudeza estas contribuciones afectivas nos dice mucho sobre la nueva organización del trabajo. El ejemplo de los distintivos también nos lleva a otro fenómeno: las expectativas ocultas en las normas oficiales. Joanna, una camarera de la cafetería, lleva exactamente siete distintivos en su indumentaria, pero sin embargo, se le hace saber que, aunque siete es suficiente oficialmente, en realidad no alcanza: el gerente le pregunta si ella quiere parecer el tipo de persona «que solo hace lo mínimo indispensable».

-Stan, ¿sabes qué? Si querías que usara treinta y siete distintivos, ¿por qué no me pediste que usara treinta y siete, y listo? / -Bueno -responde el gerente-, me pareció escucharte decir que querías expresar tu individualidad.

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