Dos cartas a Julia Schucht desde Viena

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Queridísima mía: Querría besarte los ojos para secar las lágrimas que me parece ver en ellos, que me parece sentir en mis labios, como otras veces, cuando por maldad te he hecho llorar. Nos hacemos daño, nos atormentamos mutuamente, porque estamos lejos uno de otro y no podemos vivir así. Pero tú te desesperas demasiado. ¿Por qué? Muchas veces me has prometido que ibas a ser fuerte y yo te he creído, y todavía creo que eres fuerte, más de lo que te piensas. A menudo eres más fuerte que yo, pero yo estoy acostumbrado a la vida solitaria que he vivido desde la infancia, a esconder mis estados de ánimo tras una máscara de dureza o una sonrisa irónica; ésa es la diferencia. Eso me ha hecho daño durante mucho tiempo; durante mucho tiempo mis relaciones con los demás fueron algo enormemente complicado, una multiplicación o una división por siete de cada sentimiento real para así evitar que los otros entendieran lo que yo sentía realmente. ¿Qué es lo que me ha salvado de convertirme en un andrajo almidonado? El instinto de la rebelión, que desde niño se dirigió contra los ricos porque yo, que había sacado diez en todas las materias de la escuela elemental, no podía seguir estudiando mientras sí que podían hacerlo el hijo del carnicero, el del farmacéutico, el del negociante en tejidos. Esto se amplió luego a todos los ricos que oprimían a los campesinos de Cerdeña. Yo pensaba entonces que había que luchar por la independencia nacional de la región: «¡Al mar los continentales! ». ¡Cuántas veces he repetido estas palabras! Después conocí la clase obrera de una ciudad industrial y comprendí lo que realmente significaban las cosas de Marx que había leído antes por curiosidad intelectual. Así que me he apasionado por la vida a través de la lucha de la clase obrera. Pero cuántas veces me he preguntado si era posible ligarse a una masa cuando no se había querido a nadie, ni siquiera a la propia familia, si era posible amar a una colectividad cuando no se había amado profundamente a criaturas humanas individuales. ¿No iba a tener eso un reflejo en mi vida de militante? ¿No iba a esterilizar y a reducir a puro hecho intelectual, a puro cálculo matemático, mi cualidad de revolucionario? He pensado mucho en todo eso, y he vuelto a pensarlo durante estos días porque he pensado mucho en ti, que has entrado en mi vida y me has dado el amor, me has dado lo que siempre me había faltado y me hacía a menudo malo y torvo. Te quiero tanto, Yulca, que alguna vez no me doy cuenta de estar haciéndote daño porque yo mismo estoy insensible.

Te he escrito, te he dicho que vinieras porque había captado en tus cartas como un indicio de que tú misma querías venir. También yo he pensado en los tuyos, pero ¿no puedes venir incluso por unos meses? ¿Crees imposible o difícil dejar a la familia incluso por un período determinado? Qué hermoso sería otro paréntesis de vida en común, en la alegría cotidiana de cada hora, de cada minuto, de quererse y de estar cerca. Me parece sentir tu mejilla junto a mi mano que te acaricia la cabeza y te dice que te quiero aunque la boca calle.

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