Explore "La literatura timorata" by Claudio Magris on Textopian. Read with annotations and highlights.
Con los buenos sentimientos, decía Gide, no se hace literatura. No hay en efecto artista que, temeroso de que se le considere edificante, no predique la transgresión en lugar de invitar a observar los mandamientos o la moral kantiana. De hecho, la literatura mantiene raras veces la promesa de vérselas con el mal, del que la realidad está impregnada igual que el aire de las ciudades de contaminación, y de expresar los sentimientos malignos que anidan en el ánimo, volviéndolo sucio y opaco como el cuello de una camisa que no nos hemos cambiado. La ostentadora profanación, tan grata a tantas expresiones artísticas efectistas, demuestra ser a menudo bienintencionada, de la misma manera que son en general las personas más formales las que presumen de haber tenido malas notas en conducta. Los escritores iconoclastas celebran el eros frente a la represión, las posturas rebeldes frente al autoritarismo dogmático, la revuelta de los marginados frente a los tutores de las jerarquías sociales. Todo esto es muy de alabar, pero no es sino una profesión de moralidad y de buenos sentimientos; son éstos los que llevan a defender las libertades de todo tipo y a las víctimas de las opresiones, mientras que los inquisidores y tiranos son los que representan el mal y los que tienen por lo tanto el derecho de investirse de su diabólica seducción.
Suele ocurrir que los escritores a los que les gustan las provocaciones sean precisamente los buenos chicos, que celebran la democracia pero critican como se debe al capitalismo, que se oponen al comunismo despótico pero cultivan un noble y vago socialismo libertario. Prácticamente ninguno está del lado de los sentimientos verdaderamente inicuos, ninguno aprueba la amoral libertad del individuo capaz de desahogar sin la menor inhibición su propia voluntad de poder sin cuidarse lo más mínimo del dolor infligido a los demás, igual que el niño que disfruta aplastando a un insecto o quitándole un juguete a otro niño más débil, sin inmutarse ante las lágrimas de éste.