Explore "El Danubio" by Claudio Magris on Textopian. Read with annotations and highlights.
En el cementerio de Sankt Peter, en la periferia de Straubing, las lápidas, esparcidas en torno a la iglesia como un jardín, hablan de vidas tranquilas que reposan en el orgullo de su estamento: aquí yace Adam Mohr, fabricante de cerveza, consejero municipal y teniente de la Guardia Nacional bávara, † 1826. El orgullo de estamento sella una piadosa armonía entre el individuo y la comunidad, pero se convierte automáticamente en ferocidad cuando otras leyes u otras voces del corazón sitúan al individuo en contraste con el orden social y le inducen a turbar, incluso sin querer, este último. En una de las tres capillas está el monumento fúnebre de Agnes Bernauer, la bellísima hija del barbero de Augsburg a la que el 12 de octubre de 1435 el duque Ernesto de Baviera hizo ahogar en el Danubio, bajo la acusación de brujería, porque se había casado con su hijo Alberto y amenazaba, con esta mésalliance, la política dinástica y el mismo orden del Estado.
El monumento fúnebre, que muestra a Agnes Bernauer con un rosario en la mano y dos cachorros a sus pies, símbolo de la fidelidad conyugal que unía a la muchacha del pueblo y a su principesco esposo, fue mandado construir por el duque Ernesto, su propio verdugo. La tradición, recogida por el drama de Hebbel, es una fábula de la razón de Estado: el duque Ernesto habría admirado profundamente la virtud y la personalidad de Agnes, el purísimo amor que la unía a su hijo, y se habría decidido, con firmeza pero de mala gana, a eliminarla brutalmente en vista de las consecuencias políticas provocadas por el matrimonio y por las sucesivas complicaciones: desórdenes, guerras, revueltas, división y colapso del Estado, luchas fraticidas y miseria. Una vez realizado este sacrificio o delito de Estado, el duque rindió homenaje a la firmeza moral y a la inocencia de la víctima, erigiéndole -ahora que ya no constituía un peligro- un sepulcro que la recordara a lo largo de los siglos y retirándose él mismo a un convento; su hijo Alberto, que había tomado las armas contra él para defender y después para vengar a su mujer, no tardó en asumir de nuevo los rangos políticos y dinásticos y, reconciliado en nombre de la razón de Estado con el padre que le había hecho enviudar, asumió el cetro ducal y contrajo luego nuevas nupcias más acordes con su posición.