El Danubio by Claudio Magris — Read

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En el palacio Zum schwarzen Adler -del águila negra- de Linz, en el que habitó Beethoven, murió en 1680 Raimondo Montecuccoli, el gran mariscal y teórico del arte de la guerra, príncipe del imperio; en la iglesia de los Capuchinos un epitafio advierte al visitante que se detenga delante de la tumba que conserva, con macabro gusto barroco, sus vísceras, mientras que el cuerpo está sepultado en Viena. Montecuccoli combatió contra Gustavo Adolfo y el Rey Sol, fue herido en Lützen y hecho prisionero en Stettin, obligó en 1646 a los suecos a replegarse en Pomerania y en 1673 al legendario Turenne a retirarse al otro lado del Rin; entre 1663 y 1664 derrotó a los turcos, invasores de Hungría, en la famosa batalla del río Raab.

La iglesia de los Capuchinos es oscura, y la inscripción fúnebre en latín, aunque escrita en grandes caracteres, apenas se ve y hay que buscarla con atención, como si esta escasa luz vespertina quisiera representar una alegoría barroca sobre la vanidad de la gloria. Montecuccoli es una de aquellas viejas espadas imperiales que defendieron el equilibrio de la Europa central -en la Guerra de los Treinta Años y en las guerras contra el Turco- y aplazaron por unos cuantos siglos su final, la disolución de aquella ecumene que se mantenía unida por la prudencia, el escepticismo conservador, el arte del compromiso pero también de vivir. La sombra protectora de su espada, como la del príncipe Eugenio, se extiende sobre la Mitteleuropa hasta 1914 y solo entonces conseguirán despedazarla unas guerras diferentes realizadas con medios e intenciones diferentes: la guerra total, que ya no moviliza y aniquila ejércitos, profesionales manipulados por intereses de cortes y dinastías, sino poblaciones enteras, masas alentadas a matar o a morir por ideales (la patria, la nación, la libertad, la justicia) que exigen el sacrificio completo y la destrucción completa del enemigo, encarnación ya no de un interés contrapuesto, sino del mal (la tiranía, la barbarie, la raza malvada).

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