El Danubio by Claudio Magris — Read

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En Sankt Florian triunfa, ad majorem gloriam de Dios y de los Habsburgo, una magnificencia tardo-barroca, escalinatas imperiales, hileras de pasillos, tapices, la cámara del príncipe Eugenio con la cama adornada con turcos y rebeldes húngaros esculpidos en actitud de vencidos. Pero también se puede ver la habitación de Bruckner, pobre y desnuda, con su cama de latón, una mesita, una silla, un piano y un par de cuadros carentes de valor; en la iglesia de Sankt Florian se encuentra su grande y famoso órgano. La pompa decorativa de los grandes conventos austríacos -Sankt Florian, Göttweig, Maria Taferl y sobre todo Melk, majestuoso y espléndido- no anula su naturaleza más auténtica, la misteriosa simplicidad que inserta sus cúpulas y sus campanarios en la religiosidad secular del paisaje, en la curva de las colinas y en el silencio de los bosques, en la paz de la tradición. Bruckner, que dedicaba una sinfonía «al buen Dios», encarna esta recogida interioridad, que vive en la religión como en el aire natal y comprende la disonancia de lo moderno gracias a su doloroso y cándido sentimiento de la armonía.

El arte de Bruckner o de Stifter nace de la reverencia por el dulce e idílico paisaje austrobohemio, con sus bosques, la cúpula en forma de cebolla de la iglesia del pueblo y la paz de la casa. La paz doméstica y silvestre es un idilio, una conciliación de las diferencias conseguida en una esfera protegida y limitada. En el bosque la vida deviene y se transforma, pero con un ritmo tan lento que al individuo concreto le parece inmóvil, como para darle una sensación de eternidad. La dulce ley avanza a través de los siglos, procediendo a organizar la vida de acuerdo con una regla buena y a trasladarla lentamente a la profundidad del tiempo; esta moralidad del tiempo, observaba Sergio Lupi, hace que el pasado parezca bueno, porque en él se descubre lo bien que ha operado la dulce ley y lo bien que ha organizado el mundo. Stifter ama el pasado y teme el presente, le horroriza el instante faústico detenido en su plenitud, que interrumpe el lentísimo fluir de la vida.

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