El Danubio by Claudio Magris — Read

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Entre los muros de este castillo sobre las orillas del Danubio otro primer actor del sangriento teatro del siglo, Céline, vivió, sufrió e interpretó el desarraigo y la pesadilla de la guerra total. Veía cómo el río chocaba furioso contra los arcos y se imaginaba cómo, feroz y destructor, arrollaba torres, salones y porcelanas y los arrastraba consigo hasta el delta, desmenuzando y sepultando la historia entre los detritus fangosos de los milenios. Ese fantasma de aniquilación final le proporcionaba un agrio bienestar, le invitaba a confundir su fuga acosada con una derrota cruel e insensata de todas las cosas.

El día es azul pálido, el olor de nieve y el tranquilo Danubio, con sus patos y sus ocas, no sugieren imágenes de destrucción al germanista que viaja, cuarenta años después, sin las bombas de la RAF sobre su cabeza y sin ser perseguido por los senegaleses de la brigada Leclerc con las dagas ya desenvainadas. Todos los lugares, a lo largo del camino, invitan a detenerse: el viajero no tiene la obsesión de huir, sino que le gustaría pararse, llevarse consigo personas y paisajes, hasta la habitación del hotel de Tuttlingen, que dejó hace pocas horas, y las horas pasadas en aquella habitación, las aguas del sueño y el ánfora surgida de aquel mar. El viaje es la fidelidad del sedentario, que afirma en todas partes sus hábitos y sus raíces e intenta engañar, con la movilidad en el espacio, la erosión del tiempo, para repetir siempre las cosas y los gestos familiares: sentarse a la mesa, charlar, amar, dormir. Entre las frases latinas que adornan, con la autoridad de la lengua muerta, las salas del castillo de Sigmaringen, hay una que celebra el amor al lugar natal, el espíritu residente, arraigado en su propia morada y carente de la manía de abandonarla: «Domi manere convenit felicibus», conviene a los felices quedarse en casa.

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