Explore "Apocalipstick" by Carlos Monsiváis on Textopian. Read with annotations and highlights.
Imagínense a un solista o un dueto o un trío en una carpa de la década de 1930, o en el teatro frívolo de 1946 o 1949, o en un prostíbulo de 1955, o en un salón de baile en alguna de estas décadas. Están muy al tanto de su oficio: son los cómplices inmejorables de sus clientes. Dando dando: él, ella o ellos cantan con lealtad a su público, y su estilo es la trama de la existencia, así como se oye porque así se vive.
Si tenores y sopranos funcionan admirablemente en el teatro frívolo, en los otros ámbitos, los del tugurio, el burdel, el cabaretucho, las fiestas de vecindad, el departamentito con tocadiscos y radio que "decoran el alma", se requiere otro sonido, más ferozmente íntimo, más cercano a las vivencias desgarradas de sus oyentes, que reemplazan la búsqueda de la perfección con el desbordamiento del estilo. En la canción ranchera, esta resonancia surge a finales de la década de 1930 con Lucha Reyes, que quiso ser soprano de alta escuela y que, afectada por una pulmonía, pierde la voz y la recupera ya peleonera, campirana, de cantaora de feria de pueblo. Antes de Lucha Reyes, el "sonido popular" es el de la quejumbre maravillosa de los cantantes de corridos o de himnos guadalupanos, desdeñados por la industria del disco, y muy sinceros en su aflicción y en su conversión de la plegaria sollozante en cántico triunfal. Pero Lucha Reyes es notable: le da a las entonaciones campiranas las características de rebeldía a favor y en contra del destino (la insurgencia autodestructiva) y expresa también el Arrabal. Por eso, su resonancia es tan convincente en la capital y más abajo en el trigal; por eso es tan descarada al exigir espacio para sus pasiones; por eso, no pretende "transportar al cielo con la pureza de su voz", sino instalar a su público en el drama y la fiesta (en la madrugada, ¿quién distingue uno de la otra? ).