Explore "Apocalipstick" by Carlos Monsiváis on Textopian. Read with annotations and highlights.
Alguna vez le explicó Hemingway a Scott Fitzgerald: "La diferencia entre ricos y pobres es que los ricos tienen más dinero". A los ojos de Dios o de las otras deidades que quieren suplantarlo aprovechándose de la pluralidad religiosa del ser humano, ricos y pobres son presumiblemente iguales, así los ricos contemplen más de cerca al Papa en las misas especiales, pero de acuerdo con un registro bancario obsesivo los ricos tienen más dinero y, además la posibilidad, por lo común muy bien aprovechada, de cometer delitos visuales.
El lujo es una de las funciones exclusivas del dinero, y el lujo suele demandar despilfarros, extravagancias, ostentaciones y, esto es básico, la inocencia suprema de los que ganan o pierden todo al exhibirse. El lujo es en sí mismo un santoral de primer orden, aprobado por sus virtudes teologales: el despilfarro rechaza la avaricia, las extravagancias forjan "atmósferas únicas", la ostentación es certidumbre moral (el dinero es su propia fuente de legitimidad) y la inocencia confía en el asombro bien intencionado de los espectadores (por lo común los sirvientes, no me vengan con lo políticamente correcto de "asistencia doméstica"). Sé que les atribuyo a los muy ricos expresiones ajenas a su decir, y me consuelo de mi error observando el afán de multiplicar Versalles con la pura voluntad de dispendio.