Explore "Apocalipstick" by Carlos Monsiváis on Textopian. Read with annotations and highlights.
Por 1984 o 1985 se empieza a decirle antros a toda institución nocturna o, si se quiere, a todo local donde el objetivo no está vinculado con la producción de bienes aunque sí de servicios. ¿Por qué antros? Tal vez porque la inseguridad ya notoria despojaba de su aureola a los sitios nocturnos por pomposos que fueran, o porque el nombre discos agotó su patrimonio de credulidades o, lo más probable, porque se quería devolverle su crédito a la sordidez. De pronto, decir antro fue retroceder ventajosamente a la era de las cavernas y alguno recordó, por cierto, que en el Himno la letra de don Francisco González Bocanegra afirmaba, recién escrita: "Y retiemble en sus antros la tierra". Esta es la leyenda y a lo mejor la palabra no gustó o la aliteración hizo de las suyas, y se empezó a cantar "Y retiemble en sus centros la tierra", y así quedó, como si el planeta dispusiera de variedad de centros que se estremecen ante el poderío de la balística.
En la década de 1990 es inocultable la pasión por la antriza, se autoriza el plural porque el idioma se renueva por oleadas, y los jóvenes en edad de no ver tanta televisión, quien más quien menos, antrean una vez al mes, digamos, para coleccionar semejanzas, ya se sabe que los orientales, los occidentales y los sitios afterhours son todos iguales. Nadie sabe el bien que tiene hasta que lo enumera y en la Ciudad de México se prodigan los antros, sobre todo en el Centro Histórico, el hervidero de la diversidad. Y en la conformación del catálogo ántrico (los términos exitosos engendran su vocabulario específico), lo que abrumó luego luego fue el número de alternativas. Ahora como entonces, abren uno, lo cierran al mes; abren tres, cierran dos y dejan uno; abren y no tienen permisos; abren y no llega la clientela; eligen mal el rumbo; no hay química entre los asistentes y los dueños o administradores; la crisis pega con dureza y a entrarle a otro business; el sitio está a todísima, con una tecnología de primera, y un juego de luces que ya lo quisieran en el Pedregal, y el sonido se escucha como recién hechecito y uno se pregunta: "¿Y de dónde? " Y la sospecha del lavado de dinero enfría los ánimos o no se da el enganche, y lo clausuran luego, y ni pregunten quién era realmente el dueño.