Oficio de tinieblas by Rosario Castellanos

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EL GRITO con que Domingo Díaz Puiljá expiró sobre la Cruz tuvo resonancia hasta en el último rincón de la zona habitada por los tzotziles. Vibraba en el aire desolado como un cuerno de caza para despertar en los varones el instinto persecutorio y rapaz.

El labrador arrancó el luk del surco a medio abrir y lo enarboló como un arma; los leñadores furtivos destrabaron el hacha del tronco, antes de terminarlo de derribar, y se afanaron en hacer que desaparecieran las melladuras que disminuían su filo. El vadeador de los arroyos, el frecuentador de los aguajes, exprimió los paños recién golpeados contra la piedra de la orilla y los puso a secar al sol; y los comerciantes, que iban y venían de Jobel, suspendieron su tráfico para encaminarse a su paraje, a su jacal, e instruir a la familia en los deberes de la orfandad, de la viudez, de la ausencia.

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