El último judío by Noah Gordon — Read

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Fray Lorenzo de Bonestruca no había sido enviado a Zaragoza como recompensa o promoción, sino más bien como reprimenda y castigo. La fuente de sus males habían sido la difunta reina Isabel de España y el arzobispo Francisco Jiménez de Cisneros. Al ser nombrado arzobispo de Toledo en 1495, Cisneros había recabado la ayuda de la Reina para que ésta respaldara su campaña de reforma del clero español, que estaba hundido en el vicio y la corrupción. Los clérigos se habían acostumbrado a una vida de molicie y opulencia; eran dueños de vastas extensiones de tierra, tenían criados y amantes, y vivían rodeados de lujos.

Cisneros e Isabel se repartieron la tarea. Ella visitaba los conventos y utilizaba su rango y su poder para convencer y amenazar a las monjas, hasta que conseguía que regresaran al sencillo estilo de vida de la primitiva Iglesia cristiana. El arzobispo, vestido con un sencillo hábito pardo y montado en una mula, visitaba los monasterios, hacía inventario de sus riquezas, e instaba a los monjes a entregar a los pobres todo lo que no fuera esencial para su existencia cotidiana.

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