Don Inocencio by Manuel Gutiérrez Nájera — Read

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DON INOCENCIO Lanas era un siervo de Dios, grande amigo de Lucifer y un tanto cuanto emparentado con el apóstol Judas Iscariote, de quien ayer, si no recuerdo mal, se hizo memoria. Don Inocencio no tenía nada de inocencia. Entiendo que no dio nunca esperanza a sus maestros ni a su patria, fiel en esto a su arraigada costumbre de no dar nunca ni un comino; que, en achaques de aritmética, sólo sabía la regla de multiplicar, y la de dividir (en canal) a todo ser nacido; que jamás por jamás malgastó el tiempo y que, tacaño por temperamento, conservador por carácter y anti-liberal por principios, no quiso nunca contraer estado, parte por no encontrar doncellas ricas y parte por no querer soltar las cintas de la bolsa en provecho del juez y de la parroquia. Cuando yo conocí y traté a don Inocencio, era éste un vejete avellanado, de esos que no aparentan edad alguna definida y lo mismo pueden tener doscientos años que sesenta o setenta, echando por lo alto. Don Inocencio era todo lo que se llama un hombre feo; pero, feo de pendón y charreteras dobles. Tenía el color cetrino; enjuto el rostro; la nariz encorvada, como conviene a una ave de rapiña; brillantes y vivísimos los ojos, mal ocultos por unas gafas de notario; ancha la boca, parecida al hocico de las zorras; largos los pies, las manos y las uñas, como pintan los dibujantes místicos al diablo; chica la frente, rugosa como viejo pergamino; y enteco el pobre cuerpo, lleno por todas partes de salientes huesos, protuberancias y jorobas. Por no pagar los cuartos del barbero, don Inocencio se dejaba crecer todos los pelos que en la cara había (afortunadamente eran muy pocos) -y yendo más allá, si es que tal cabe, en el camino de la dejadez y el desaseo, dos veces nada más dentro del año, permitía que su cuerpo desmedrado gozara los abrazos de las ondas; y eso con tal parsimonia, que le era suficiente una pequeña palangana llena de agua para ponerse como un ascua de oro, o mejor dicho, como un hueso limpio. Los días solemnes en que don Inocencio se lavaba, eran el 25 de diciembre, día de Pascua, y el Sábado de Gloria en la mañana; por cierto que daba gloria verle en esos días, con cuello y puños limpios, cepillada la chupa dominguera, y tan campante, fresco y mocetón como un novio al principio del bodorrio o un sacristán al amanecer el Jueves Santo.

¡Pobre don Inocencio! El último Sábado de Gloria en que le vi, estaba tan remozado y tan alegre como si el tiempo se estuviera quedo y los años no corrieran; asistió a los oficios de la mañana lleno de fervorosa compunción y hasta, rompiendo sus añejos hábitos, quiso dar a un desventurado limosnero cierta peseta falsa que tenía. Al acabar la misa de tres padres, ora fuese por la poca costumbre que tenía de humedecer su cuerpo flaco, ora por la pesadez insoportable de la atmósfera, don Inocencio empezó a sentir los síntomas primeros de la apoplejía. Dos minutos después, caía redondo sobre el entarimado de la iglesia. Como el buen hombre era de malas pulgas y tenía tan poquísimos amigos, ninguno quiso comedirse a levantarlo, y a no ser por la caridad de un sacristán, bastante recio y mocetón que no le debía nada, Dios sabe cuántas horas hubiera permanecido en aquel sitio, roncando con la boca abierta y mirando a los circunstantes con mirada mortecina, henchida de oraciones y de súplicas. ¡Cómo pesaba el buen don Inocencio! El sacristán y yo sudamos la gota gorda al conducirlo en hombros a su habitación, que era un pobre tugurio, lleno de telarañas y de muebles viejos, habitado por diez docenas de ratones y por una lechuza, muy señora mía, que anidaba con suficiente holgura en el armario. De un extremo a otro de la pieza se extendía una cuerda, en la que, separados, y por su orden, se pavoneaban los pantalones viejos de don Inocencio. Haré una aclaración: don Inocencio no era muy aficionado a pantalones; le bastaba con los que su abuelito le compró para el día de su primera comunión; más, como quiera que los deudores solían ser reacios en pagar, don Inocencio, poco escrupuloso, solía también quitarles cuanto a mano había, e iba allegando, por este ejemplarísimo camino, muebles desvencijados, sillas rotas, relojes descompuestos y hasta ropa vieja. Su casa, pues, era un bazar, lleno de lienzos empolvados, imágenes de estuco, alfombras convertidas en hilacha, trapos sucios y alhajas de antiquísima prosapia.

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