La moneda by Manuel Gutiérrez Nájera — Read

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NUNCA pensé que las monedas de níquel, tan humildes y pobrecitas como son, trajesen alarmados a los gobernantes, a los economistas, a los escritores y a las amas de casa. Las monedas de níquel, generalmente hablando, son honradas. No visitan las casas de juego, ni brincan, como duendes familiares, en las rodillas de una hermosa. Las monedas de níquel no han corrompido nunca la virtud de una mujer. Muy al contrario, son modestas, trabajadoras, recatadas. Su habitación es el bolsillo de las costureras honestas, que se conforman con hacer vestidos para otras, y con desvestirse una vez al día, y eso a oscuras. Como sus dueñas, andan mal vestidas; por eso el mundo, tan pagado de apariencias, las mira con desdén y compasión. Los gomosos las alojan en el sitio peor; esto es, en los bolsillos de sus pantalones. La cartera de piel de Rusia y broches de oro es para los billetes de Banco, para las cartas de las novias y para los boletos de empeño; los bolsillos del chaleco son para las monedas más formales: ¿a dónde, pues, iría a abrigarse el níquel, sin las holgadas bolsas del pantalón, que vienen siendo como el cuarto del portero o como la escalera de servicio? De esa vivienda, que nada tiene de lujosa y pulcra, pasan a las manos de algún granuja cerillero, de un mendigo, o de un empleado de Ramón Guzmán. Algunas, y éstas son las dadas a la vida alegre, prefieren acompañar en su abandono a los mozos de café. Con las señoras, no es menos ingrato su destino. Las hacendosas suelen llevarlas en los bolsillos de su delantal, mientras se ocupan en las haciendas de la casa. Para esas púdicas monedas son los bochornos de la cocina, el áspero contacto de las manos que trabajan, los ladrillos del brasero y los araños del canasto. Son decentes; nacieron en la Cámara de Diputados; conocen a Carbajal y a Pancho Bulnes; su cuna se meció en un departamento del Palacio, y, para recibir las aguas del bautismo, atravesaron la suntuosa escalera de la Escuela de Minas; pero las monedas de níquel pertenecen a la clase de las mujeres honradas pero pobres, como la Biblioteca de mi más querido amigo el señor don Manuel Gutiérrez Nájera. Las monedas de níquel pertenecen a una familia distinguida; pero han venido a menos y tienen que codearse, en el cesto de las compras, con rábanos, zanahorias y lechugas. Viven, por así decirlo, en casa de vecindad. No van a bailes, ni frecuentan los salones del «Jockey Club», ni juegan al póquer con Rafael David, ni apuestan a Colonche contra Halcón, ni salen en tren expreso a recibir al marqués de San Basilio.

Necesitan juntarse cinco, cuando menos, para comprar el derecho de sentarse todas en un mismo asiento, y asistir a la representación de La Mascotte. Son muy pobres, muy desvalidas y muy humildes; y a pesar de eso los señores periodistas se empeñan en quitarles el crédito. el crédito, la fortuna de los pobres. ¡No haré causa común con esos desalmados, deshonrando a personas tan apreciables y tan pobres! Yo recibo con el bolsillo abierto a esas desventuradas criaturas. ¿Las desprecian? ¿Tienen que sufrir los malos modos y el arisco ceño de abarroteros, pinches y conductores de tranvía? Pues bien, aquí estoy yo. No me casaré con ninguna de ellas porque mi amor a las mujeres pobres no llega hasta el matrimonio, pero aquí estoy para consolarlas con caricias y para decirles que creo en su virtud. También me gustan las costureras honraditas, cuando a las oraciones salen del taller; y las sigo, sin alcanzarlas, porque aprietan el paso y se escabullen. Muchos dicen que las monedas de níquel ya no corren: esto es falso. Corren tanto como las costureras de que hablaba: por eso hay muchos que no logran darles caza.

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