Explore "El vendedor de silencio" by Enrique Serna on Textopian. Read with annotations and highlights.
-Debo a don Rodrigo de Llano gran parte de mi formación como periodista, y hoy que los trabajadores de Excélsior nos hemos congregado para rendirle homenaje, quisiera recordar algunas de sus enseñanzas, pues veo en el auditorio a muchos reporteros jóvenes y creo que podrían resultarles tan provechosas como lo fueron para mí cuando me iniciaba en estas lides. Don Rodrigo, mejor conocido como el Skipper, un apodo cariñoso que yo le puse por ser el aguerrido capitán de esta nave periodística, aprendió el oficio desde abajo, en la época más convulsa de nuestra historia. En 1914 fue el único reportero mexicano que cubrió el desembarco de las tropas yanquis en Veracruz, y para llegar al puerto, incomunicado por los invasores, tuvo que andar a pie desde Paso del Macho, una caminata de varias leguas entre coyotes, víboras de cascabel y bandas de salteadores. Con una cámara y una libreta de notas dio a conocer al mundo entero esa agresión imperialista. Tomándolo por espía, los yanquis lo encerraron con cepos en una mazmorra de San Juan de Ulúa y le dijeron en tono fanfarrón que la orden de su fusilamiento ya estaba escrita, pero don Rodrigo nunca se arredró, ni les dio el gusto de implorar clemencia. Cuando los yanquis se convencieron de que sólo cumplía con su deber de informar, lo soltaron con el típico "usted disculpe". El Skipper asumió la dirección del diario en 1924. Por haber visto de cerca la Decena Trágica, las atrocidades de la Revolución, la lucha a muerte entre los caudillos, se trazó como ideal evitar una nueva lucha fratricida y nunca dio cabida en nuestro diario a las voces del odio que desde distintas trincheras ideológicas buscan atizar el fuego de la discordia civil. Se le tachó por ello de reaccionario, pero quienes lo conocimos de cerca sabemos que sólo enarboló una bandera: el amor a México.
Al hacer una pausa para cambiar de cuartilla, vio entrar al auditorio, apoyado en un bastón, a su ex amigo Jorge Piñó Sandoval. Calvo, robusto, con el tupido bigote entrecano y la nariz un tanto aplastada, había perdido la galanura sin caer todavía en la decrepitud. Ocupó una butaca de la penúltima fila con el bastón entre las rodillas y las manos apoyadas en el mango de marfil. La fijeza de su mirada incomodó a Denegri al extremo de hacerlo tartamudear. ¿A qué habría venido? El homenaje le importaba un comino, estuvo poco tiempo en Excélsior y detestaba al Skipper, a quien le presentó su renuncia en protesta por la censura de un reportaje. Vino a buscarme aquí porque no he querido tomarle las llamadas, pensó, levemente alarmado. Debe guardarme rencores añejos. Y si trae copas encima, quizá venga en plan de bronca.