Explore "El vendedor de silencio" by Enrique Serna on Textopian. Read with annotations and highlights.
En las aguas verdosas del nuevo Lago de Chapultepec, una compacta falange de patos se deslizaba en pos de las migajas que los viejos sentados en las bancas les arrojaban desde la orilla. Era una luminosa tarde de julio, con el cielo limpio de niebla y humo, gracias a los fuertes ventarrones que habían soplado desde temprano. Hasta el Popo, generalmente oculto por los gases tóxicos, estiraba el cuello por encima de las nubes en jirones, un buen augurio para sus propósitos de enamorado. Con un vestido de encaje color durazno, la juvenil belleza de Natalia resplandecía como un diáfano amanecer. En los cocteles de alta sociedad, su encanto natural era la envidia de todas las señoras encopetadas. Ni embadurnándose potingues y mascarillas podían imitar la frescura de brisa marina que le brotaba del cuerpo en cada exhalación, en cada aleteo de pestañas. Pero más que la delicadeza de la dama gozaba el trapío de la hembra, la dulce ferocidad de su entrega amorosa. No podía negarle nada, excepto la libertad de volar a otro nido. Vestidos, joyas, un Mustang último modelo, todo lo que ella pidiera se lo entregaba con un pilón, pues ¿acaso no era el exceso la esencia del amor? Con ella cualquier ahorro le hubiera parecido mezquino. Les habían dado la mejor mesa del Restaurante del Lago, frente a uno de los ventanales que daban al espejo de agua, y en la hielera se enfriaba una botella de champaña. Tomó la mano derecha de Natalia y se la besó dedo por dedo con morosa lascivia.
-Hoy cumplimos un año juntos, mi amor, y creo que ya es tiempo de pisar suelo firme.