Explore "El décimo hombre" by Graham Greene on Textopian. Read with annotations and highlights.
La campanilla, como la mayoría de las cosas del lugar, resultaba anticuada. Su padre era hostil a la electricidad y, aunque podía permitirse instalarla en Brinac, había preferido las lámparas casi hasta su muerte (diciendo que eran mejores para la vista) y las campanas antiguas que colgaban de grandes frondas de metal. Charlot había amado demasiado la propiedad para introducir cambios; Brinac representaba, cuando iba, una cueva tranquila de oscuridad y silencio; allí no había teléfono irritante que pudiera perseguirle. Pudo oír, por tanto, el largo cable vibrante antes de que la campana empezara a balancearse en el fondo de la casa, en la habitación contigua a la cocina. De haber estado él en la casa, indudablemente aquella campanilla habría te nido un tono distinto, un tono menos hueco, más amistoso; menos esporádico, como una tos en un pecho consumido. Una fría brisa matutina soplaba entre los arbustos y removía a la altura del tobillo los hierbajos del sendero; en algún lugar -quizá en el cobertizo de las plantas jóvenes- batió una tabla suelta. La puerta se abrió de improviso.
Era la hermana de Janvier. Reconoció el parecido, y, en un fogonazo, la incorporó a las facciones de su hermano. Rubia, delgada y muy joven, había tenido tiempo de desarrollar el rasgo familiar de temeridad. Ahora que él y ella se veían, descubrió que no tenía palabras de explicación; Charlot era como una página impresa esperando ser leída.