Explore "El mundo de ayer" by Stefan Zweig on Textopian. Read with annotations and highlights.
Durante los ocho años de instituto se produjo un hecho sumamente personal para todos nosotros: de niños de diez años nos fuimos convirtiendo poco a poco en jóvenes púberos de dieciséis, diecisiete y dieciocho, y la naturaleza empezó a anunciar sus derechos. Ahora bien, este despertar de la pubertad aparece como un problema totalmente personal que todo aquel que se hace adulto tiene que dirimir consigo mismo y a su manera, y que a primera vista no parece apropiado para ser discutido en público. Sin embargo, para nuestra generación esa crisis iba mucho más allá de su propia esfera. Mostraba al mismo tiempo un despertar distinto, pues nos enseñaba a observar por primera vez y con sentido crítico el mundo social en el que habíamos crecido y sus convicciones. Por lo general, los niños, e incluso los jóvenes, tienden a mostrarse respetuosos sobre todo con las leyes de su entorno. Pero se someten a las convenciones que se les impone sólo cuando ven que todos los demás las observan con la misma lealtad. Un solo ejemplo de falta de veracidad por parte de los maestros o de los padres los induce inevitablemente a considerar todo su entorno con mirada desconfiada y, por ende, más inquisitiva. Y nosotros no tardamos mucho en descubrir que todas las autoridades en las que habíamos depositado nuestra confianza hasta entonces -escuela, familia y moral pública- en lo referente a la sexualidad se comportaban con notable falsedad. Y más aún: que en este tema también a nosotros nos exigían secretismo y disimulo.
Y es que antes de los años treinta y cuarenta la gente pensaba de modo distinto que en nuestro mundo actual. Quizás en ninguna otra esfera de la vida pública se produjo un cambio tan radical en el lapso de una sola generación como en el de las relaciones entre los dos sexos, y eso por una serie de factores: la emancipación de la mujer, el psicoanálisis freudiano, la educación física, la emancipación de los jóvenes. Si tratamos de formular la diferencia entre la moral burguesa del siglo XIX, que era esencialmente victoriana, y las ideas hoy vigentes, de más libertad y menos prejuicios, quizá la mejor forma de abordar la cuestión sería diciendo que aquella época rehuía medrosamente el problema de la sexualidad por un sentimiento de inseguridad interior. Épocas anteriores, de lo más religiosas todavía, sobre todo las rigurosamente puritanas, lo tenían más fácil. Imbuidas de la idea de que el apetito sexual era el aguijón del diablo y que el placer corporal era lujuria y pecado, las autoridades de la Edad Media habían atacado el problema de frente y habían impuesto su estricta moral con severas prohibiciones y (sobre todo en la Ginebra calvinista) unos castigos atroces. Nuestro siglo, en cambio, época tolerante que, desde tiempos atrás, ya no creía en el demonio y apenas en Dios, no hizo suficiente acopio de valor como para lanzar un anatema tan radical, pero consideraba la sexualidad como un elemento anárquico y, por lo tanto, molesto, que no se ajustaba a su ética y no era un tema apto para sacarlo a la luz del día, porque cualquier forma de amor libre o extramatrimonial iba en contra de la «decencia» burguesa. Ante tamaño dilema, la época ideó un original compromiso. Limitó su moral a no prohibir a los jóvenes practicar su vita sexualis, pero exigió que despacharan ese desagradable asunto con discreción. Si no se podía eliminar la sexualidad, como mínimo debían procurar que no fuera visible dentro de su mundo moral. Y así, se acordó tácitamente no hablar de esas cosas tan enojosas ni en la escuela ni en casa ni en público, y suprimir todo lo que pudiera recordar su existencia.