Explore "El mundo de ayer" by Stefan Zweig on Textopian. Read with annotations and highlights.
La década de 1924 a 1933 -siempre la recordaré con gratitud- fue una época relativamente tranquila para Europa, antes de que aquel hombre pusiese a nuestro mundo patas arriba. Precisamente porque había sufrido tantas conmociones, nuestra generación recibió la paz relativa como un regalo inesperado. Todos teníamos la sensación de que íbamos a recuperar la felicidad, la libertad y la concentración espiritual que los años nefastos de la guerra y de la posguerra habían arrebatado a nuestras vidas; aunque trabajábamos más, no por ello vivíamos agobiados; viajábamos, ensayábamos, volvíamos a descubrir Europa, el mundo. La gente jamás viajó tanto como en aquellos años. ¿Se trataba acaso de la impaciencia de los jóvenes que, tras haberse visto aislados los unos de los otros, desean resarcirse de todo lo que se han perdido durante ese aislamiento? ¿Presentían acaso que era necesario huir de la estrechez antes de que las puertas se volvieran a cerrar?
Yo también viajé mucho en aquella época, aunque eran viajes muy distintos a los que había hecho en mi juventud, pues ya no era forastero en otros países, en todas partes tenía amigos, editores, un público; ya no llegaba como el viajero curioso y anónimo de antes, sino como autor de mis libros, cosa que tenía muchas ventajas. Con más capacidad de influencia y eficacia, podía hacer propaganda de lo que desde hacía años se había convertido en la idea fundamental de mi vida: la unión espiritual de Europa. En este sentido di conferencias en Suiza y Holanda, hablé en francés en el Palais des Arts de Bruselas, italiano en Florencia, en la histórica Sala dei Dugento donde se habían sentado Miguel Ángel y Leonardo; inglés en América, en un lecture tour desde el Atlántico hasta el Pacífico. Era una manera de viajar distinta: ahora, en todos los lugares veía a los mejores hombres de cada país como a camaradas y sin tener que buscarlos; hombres a los que en mi juventud había mirado con respeto y veneración y a los que nunca me habría atrevido a escribir una sola línea se habían convertido en amigos. Tenía vía libre para entrar en los círculos que, por regla general, permanecían altivamente cerrados a los extraños: vi los palais del Faubourg St. Germain, los palazzi de Italia, muchas colecciones privadas; en las bibliotecas no tenía que hacer cola delante de un mostrador para poder sacar libros, sino que sus directores en persona me enseñaban los tesoros escondidos; fui huésped de los anticuarios en el país de los millonarios del dólar, como el doctor Rosebach, ante cuyas tiendas los pequeños coleccionistas pasaban lanzando miradas tímidas. Por primera vez tuve la ocasión de echar un vistazo al llamado mundo «superior» y, con él, disfrutar de la comodidad y el placer de no tener que pedir permiso a nadie para entrar, sino que todo me era dado. Pero ¿acaso vi mejor el mundo de esta manera? No cesaba de añorar los viajes de mi juventud, cuando no me esperaba nadie y, debido a mi aislamiento, todo parecía misterioso; de modo que tampoco quise renunciar a mi manera de viajar de antes. Así, cuando llegué a París me abstuve de comunicarlo el mismo día aun a mis mejores amigos, tales como Roger Martin du Gard, Jules Romains, Duhamel y Masereel. Antes que nada quería deambular por las calles, igual que cuando era estudiante: sin obstáculos y sabiendo que nadie me esperaba. Visité los viejos cafés y las pequeñas fondas de antaño; me hacía ilusión regresar a mis tiempos de juventud; de la misma manera, cuando quería trabajar, me iba a los lugares más absurdos, a villas de provincia como Boulogne, Tirano o Dijon; era fabuloso ser un desconocido, alojarme en pensiones después de haberlo hecho en hoteles asquerosamente lujosos, ya dar un paso adelante ya otro atrás, distribuir a placer luces y sombras. Y aunque más adelante Hitler me arrebató la buena conciencia de haber vivido una década más como un europeo, actuando de acuerdo con mi voluntad y ejerciendo la libertad más íntima, ni siquiera él podía ya volvérmela a confiscar ni destruir.