Explore "El mundo de ayer" by Stefan Zweig on Textopian. Read with annotations and highlights.
Obedeciendo a una ley irrevocable, la historia niega a los contemporáneos la posibilidad de conocer en sus inicios los grandes movimientos que determinan su época. Por esta razón no recuerdo cuando oí por primera vez el nombre de Adolf Hitler, ese nombre que ya desde hace años nos vemos obligados a recordar o pronunciar en relación con cualquier cosa todos los días, casi cada segundo, el nombre del hombre que ha traído más calamidades a nuestro mundo que cualquier otro en todos los tiempos. Sin embargo, debió de ser bastante pronto, pues nuestra Salzburgo, situada a dos horas y media de tren, era como una ciudad vecina de Munich, de modo que los asuntos puramente locales de allí nos llegaban bastante rápido. Sólo sé que un día -no sabría precisar la fecha- me visitó un conocido de allá quejándose de que en Munich volvía a reinar la agitación. Había sobre todo un agitador tremebundo llamado Hitler que celebraba reuniones con muchas broncas y peleas e incitaba a la gente del modo más vulgar contra la República y los judíos.
Aquel nombre no me decía nada. Y no le presté más atención, porque a saber cuántos nombres de agitadores y golpistas, hoy ya completamente olvidados, aparecían en la desbaratada Alemania de entonces para volver a desaparecer con la misma rapidez: por ejemplo, el del capitán Ehrhardt, con sus tropas del Báltico; el de Wolfgang Kapp, el de los asesinos del tribunal de la Santa Vehma; los de los comunistas bávaros, de los separatistas renanos, de los líderes de los cuerpos de voluntarios. Centenares de pequeñas burbujas como ésas se mezclaban en la efervescencia general y, cuando estallaban, desprendían un hedor que delataba claramente el proceso de putrefacción oculto en la herida todavía abierta de Alemania. También me cayó una vez en las manos aquel periodicucho del nuevo movimiento nacionalsocialista, el Miesbacher Anzeiger (del que más tarde nacería el Völkische Beobachter). Pero Miesbach sólo era un villorrio y el periódico, una cosa vulgar y ordinaria. ¿A quién le importaba?