Noticias del Imperio by Fernando del Paso — Read

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Cuando les digo que un día de estos Benito Juárez va a llegar al Vaticano de calzón de manta y huaraches y va a decir que es el indio Juan Diego y a pedirle una audiencia al Papa a la hora del desayuno, y que cuando extienda su tilma ante los ojos de Pío Nono me voy a aparecer yo convertida en la Virgen de Guadalupe, de pie sobre una media luna de marfil sostenida por angelitos cuyas alas tendrán los tres colores de la bandera mexicana y que el Papa se llevará tal sorpresa que se le atragantará el chocolate, echará espuma rosada por la boca y se pondrá luego de hinojos para besar mis pies y la orilla de mi manto color azul cielo bordado con estrellas de plata y así como en los bailes del Mondscheinsaal de Viena de pronto a la media noche comenzaban a caer rosas del techo, así, Maximiliano, se abrirá en dos la cúpula de la Basílica de San Pedro y lloverán rosas, lloverán e invadirán el Vaticano, naufragarán en la taza de chocolate del Papa las rosas y sus espinas, inundarán la Capilla Sixtina, enterrarán a la Piedad de Miguel Ángel las rosas y sus pétalos, inundarán Roma y rodarán escaleras abajo por Trinitá dei Monti, anegarán la Villa Borghese las rosas y su perfume, cubrirán la estatua recién bañada con leche de burra de Paulina Bonaparte, correrán por la Via Appia y saltarán, se darán un chapuzón en las fuentes de Roma y en el Río Tíber las rosas y su frescura.

O cuando les digo que me voy a llevar a México la máquina de hacer hielo que vi en la Exposición Internacional de París para congelar el Lago de Chapultepec y que en uno de esos tórridos días de verano como aquellos en que los emperadores aztecas tenían que bañarse tres veces de tanto calor y mientras la orquesta toca el vals Sobre las Olas que escribió Juventino Rosas a quien tú no conociste, Max, porque nació dos años después de que me volví loca y murió hace más de treinta, tú y yo tomados de la mano vamos a patinar en las aguas azules y congeladas del lago, vestida yo de china poblana y tú de charro coronado con el penacho del emperador azteca el que tanto quisiste llevarte a México pero nunca te lo permitió tu hermano, el mismo que desde que eras niño y lo descubriste entre el piano cuadrado de Schubert y las estatuillas egipcias, el clavecín de Joseph Haydn y las máscaras de la Polinesia, te maravilló por sus largas y verdes plumas de quetzal, brillantes y tornasoladas, espolvoreadas de oro, que fueron para ti las plumas más hermosas que habías visto, así como el penacho te pareció, porque entonces no sabías lo que era, el abanico más grande y suntuoso del mundo: el deslumbrante abanico de la Reina de Saba, y que todavía está en Viena, no lo vas a creer, en el Museo de Etnología del Hofburgo, junto a las curiosidades que del Lejano Oriente trajo nuestra querida fragata la Novara, y la colección brasileña de Don Pedro Primero, y con algunas de las pocas cosas tuyas que no te robaron o destruyeron en México y junto, también, con los recuerdos de los mares del sur del viajero inglés James Cook a quien como tú bien sabes, Maximiliano, asesinaron los hawaianos a palos y cuchilladas por lo mismo que a ti te fusilaron en Querétaro, por creer en lo que no existe: la inocencia de los salvajes.

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