Noticias del Imperio by Fernando del Paso — Read

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¿Azul? ¿Azul como en Francia? ¿O verde? ¿Verde oscuro como el verde de la bandera mexicana? El verde es también el color del profeta, comentó Don Joaquín. ¿De cuál profeta? , preguntó la Condesa de Kollonitz. De Mahoma, Señora mía. Y soplaba un viento noroeste, frío y fuerte, pero favorable para el viaje. Maximiliano pensaba, imaginaba, preguntaba, escribía. Los alcaldes, dijo, y le dio una palmada en el hombro al Señor Iglesias, casaca, pues, verde bandera con bordados de plata y sombrero de plumas negras: ¿satisfecha, Carla, Carlota? Pero a pesar del viento, el Adriático, turbulento de costumbre, era ese día un espejo. La llave, dijo Max, y levantó la mano como si la tuviera en ella, la llave del Archivo Imperial la llevará siempre consigo el Tesorero de la Corona, anote usted, Sebastián. El yate «Fantaisie» abría la marcha. Seguía la «Novara» y en las aguas de esta fragata, a cosa de unas doscientas cincuenta brazas, la «Thémis» al mando del Capitán Morier. Los Jueces de Paz, escribió Maximiliano de su puño y letra, faja de seda naranja con bellotas verdes, y se imaginó al arzobispo, en las fiestas nacionales, ofreciendo el agua bendita a los embajadores para incorporarse después al cabildo. Nunca las aguas del Adriático fueron tan azules. La escuadra desfiló ante la ciudad de Trieste, entre los buques anclados en la bahía y empavesados con sus pabellones. Todas las baterías de la costa saludaron a la escuadra y los disparos se sucedían sin interrupción, a medida que la «Novara» pasaba frente a cada una de ellas. Los vapores de Lloyd se despidieron, y la escuadra siguió rumbo a Pirano, donde había una multitud de barcas de pescadores que rodearon a la «Novara» para despedir al Príncipe y la Princesa que se ausentaban. Y si a ustedes les parece bien, dijo Maximiliano y sumergió una galleta en su copa de jerez, en las Audiencias Públicas que serán cada domingo en la mañana, y en las que recibiré a todo el que quiera verme, el chambelán vestirá frac de corte, su corbata será blanca, y tendrá puestas sus condecoraciones. Las condesas de Zichy y Kollonitz arrojaron monedas a los pescadores, y Maximiliano tomó la mano de Carlota y con voz muy baja, para que ella no lo escuchara, murmuró: el día en que muera el infante de una testa coronada, uno de nuestros hijos, Carla, el Emperador no portará duelo, pero se ordenará cubrir la cámara y la antecámara de palacio, los sofás y sillones con telas, fundas y tapices de color violeta y en el puño de mi espada pondré un crespón violeta también, y violeta será la banda de seda que rodeará mi brazo. ¿Cómo dices, Max? El Conde de Bombelles dio un profundo suspiro y continuaron bajando por el Adriático, sereno aún, surcado apenas por espumillas tersas. Carlota se retiró a su camarote bien entrada la noche: había esperado la puesta del sol y después se quedó contemplando por un largo rato, callada, las lucecitas de las costas de Istria y Dalmacia. Maximiliano, del brazo del General Woll, decidía: los rangos de las tropas en orden de batalla, de paradas y de revistas. Maximiliano pensaba: kepí, levita y pantalón de paño verde dragón para el Cuerpo Especial del Estado Mayor. Maximiliano escribía: manitas de siete canelones de oro apagado en las puntas de las alas del sombrero de los generales de división. ¿O quizás su adorada Charlotte -la Princesa estaba triste- prefería, para el gran uniforme de su Guardia Palatina, la Guardia de la Emperatriz, casco de plata bruñida con el águila imperial de oro en el tope batiendo las alas? Triste, pero no sólo por irse de Miramar. ¿Y barboquejo de cuero de charol blanco? Sino triste también por no despedirse de la Isla de Lacroma. ¿Y levita de paño encarnado, guantes y pantalón de ante blanco, botas de charol negro arrugadas en la pantorrilla? ¿Sí, Carla? ¿Así te gustaría? Pero Carla, cara Carla: ¿No has pensado que para llegar a Ragusa hubiéramos tenido que desviarnos y perder un tiempo precioso? Y el gran mariscal tendrá a su cargo la conservación de los efectos mobiliarios de la corte incluyendo el ajuar del comedor, las vajillas, la mantelería, los jardines: te lo dije antes y te lo repito, Carla: ¡Somos muy afortunados! ¡Tenemos un reino a nuestros pies! Mientras seguían rumbo a Otranto, el amarillento, inculto Cabo de Otranto que le trajo a Maximiliano el recuerdo de su primera guardia marina matutina cuando por vez primera sintió en la piel el sol ardiente de Italia, envenenador, como lo llamó, de la sangre siciliana. La Condesa de Kollonitz comentó que las costas de Calabria eran muy feas, y el Ingeniero Félix Eloin estuvo de acuerdo. Maximiliano dibujaba. Maximiliano pidió lápices de colores, un carboncillo, y trazó el sombrero de un funcionario de la Corte de Apelación, negro y de fieltro con listón de muaré, plumas negras y escarapela tricolor: una lista verde, una lista blanca, una lista roja. ¡Como la bandera de Italia! , exclamó Carlota. ¿Hasta ahora te das cuenta, carissima mia, que las banderas de Italia y de México tienen los mismos colores? Eso tiene que ser un buen augurio. Y lejos ya de la nevada costa de Albania, habiéndole dicho adiós a Corfú, Maximiliano recordó que en una fiesta de San Silvestre en Schönbrunn, como sorpresa le había tocado una canasta miniatura con mangos, bananos y piñas y eso, el que aparecieran bajo el plomo derretido las diminutas frutas, y además una noche en que nevaba en Viena, había sido también un magnífico augurio. Un augurio tropical, dijo el Señor Iglesias. Y como el Comandante Morier acercó la «Thémis» a la «Novara» en la mañana, los pasajeros de uno y otro barco, a tiro de serpentina, se saludaron de borda a borda, conversaron un poco a gritos y Max y Carla aparecieron en la popa, salieron a relucir de nuevo los pañuelos y los adioses, más tarde se alejó la «Thémis», Max se llevó los binoculares a los ojos, hizo críticas sobre las maniobras de la nave francesa y se las comunicó con el semáforo al Capitán Morier para que se le indigestaran las tripes a la mode, dijo Maximiliano, bajó a su despacho, contempló los sextantes, las brújulas, encendió un cigarrillo y a través del humo vio, se imaginó a los consejeros de Estado. ¿Con casaca azul claro, como en Francia? Nononó, diría Carlota: verde. All right, verde, pero verde claro, y con botones dorados, gruesos, en el pecho. Aja, y con el águila labrada en ellos. Das ist Recht. ¿Y con chaleco y pantalones negros? Tomó la pluma, la mojó en el tintero, escribió: Entrega de birreta a los cardenales. En tanto que la «Novara» entraba en las aguas del Mediterráneo. Colocada, la birreta, en una bandeja de oro. Y bordeaban la bota italiana. Colocada, la bandeja, en una mesa cubierta de terciopelo rojo. Y doblaban el Cabo de Santa María de Leuca, entraban en el Golfo de Tarento. Y colocada, la mesa, junto a una de las paredes laterales del presbiterio. Maximiliano recordó: en su primer viaje, y con Leuca a la vista, a la izquierda de la batería del barco levantaron una capilla hecha con pabellones austríacos, pero el capellán estaba enfermo y la misa se suspendió. ¿Será un sacrilegio involuntario vomitar el Cuerpo del Señor, alimentar con su carne transubstanciada a los tiburones? Y ya era domingo 17 y de mañana, una mañana muy límpida confirmó el Conde Zichy y a la derecha se contemplaba el Etna, su cima nevada, aunque el clavo negro estaba escondido en la bruma, y Maximiliano les contó: en ése su otro viaje por las costas de Calabria, escuchó un grito: un uomo è caduto in acqua, y así fue, el hombre se había caído de la cofa mayor. ¿Se ahogó el pobre? , preguntó el Marqués de Corio. El salva uomini fue mal arrojado, dijo Max, pero lo rescatamos con una chalupa, gracias a Dios. Mientras navegaban rumbo al Estrecho de Mesina y Maximiliano, que sobre el Etna había escrito en sus Memorias «testigo de tantas edades pasadas y de la degeneración de las poderosas naciones», escribió ahora en una hoja inmaculada: cuando un vicealmirante visite por la primera vez un buque, se le saludará con nueve cañonazos. En cuanto lleguemos a México, recuérdeme, General Woll, recuérdeme usted también, bitte, le pidió a su flamante secretario Sebastián Schertzenlechner, que me comunique con el Comodoro Maury. Y como el Ingeniero Eloin se moría de envidia por el nombramiento de Schertzenlechner, Max le dijo al belga que él sería el jefe de la policía secreta. ¿Y de qué color será, qué bordados tendrá la casaca de la policía secreta? , preguntó, en broma, Carlota, y Max le dijo: ah, eso es un secreto, y lo escribiremos con tinta invisible en el Ceremonial. Todos los barcos serían acorazados y, como también habrá un Senado: ¿cómo será su atuendo? Casaca azul, dijo Maximiliano, verde no porque sería demasiado verde, y Carlota se resignó: azul, pues, y con bordados en oro de hojas de palmera enlazadas con ramas de encino. ¿Y la espada? Dorada y con puño de nácar, le dictó a Schertzenlechner y mientras Carlota, absorta y apoyada en la borda quería descubrir en las aguas del Estrecho de Mesina el remolino que se tragaba a los antiguos navegantes, como le había contado de niña su hermano el Duque de Brabante, Max le mostró a su secretario el plano del Palacio Imperial de México con el Diseño Número Ocho para los Grandes Bailes de la Corte. Mientras pasaban cerca de Reggio, lejos de Mesina, y por las vertientes de las Calabrias se desbordaba el verdor de una vegetación admirable. Y dijo: a las doce de la noche los Emperadores se retirarán del Salón del Emperador precedidos por el pequeño Servicio de Honor. La montañosa costa de Sicilia quedaba a la izquierda, el monasterio benedictino de San Plácido dominaba el estrecho. Y con el dedo índice recorrió el plano: y atravesarán el Comedor, la Galería de los Leones, la Galería Iturbide, la Galería de Pintura, la Sala de Yucatán, tome usted nota. Scila, un faro. Caribdis, un enorme y viejo castillo. Y ningún remolino a la vista, nada que recordara los horrores de «El Buzo» de Schiller, antes al contrario, el mar era tan hermoso, anotó Carlota en su diario: color esmeralda, color lapislázuli, de nuevo esmeralda y así. A las doce llegaron al pie del Estrómboli cuyo cráter arrojaba espesos copos de humo. Luego, pensó Maximiliano, las personas de las dos primeras categorías saldrán del palacio por la Escalera de la Emperatriz, y recorrió las escaleras del plano con los dedos. Todas las demás por la Escalera del Emperador. Y como concesión a Carlota: ¿te gustaría, cara, querida Charlotte, que la levita del medio uniforme de la Guardia Palatina, la Guardia de la Emperatriz, sea de paño verde dragón, y las vueltas de las mangas sean encarnadas para que así, con los guantes de ante blanco tenga los tres colores de la bandera imperial mexicana? Claro que sí. Es bleibt dabei. Y, como al salir del archipiélago de las Lipari navegaron al largo, no divisaron Ischia y tampoco la costa de Nápoles, la cima de los Abruzos. Eloin sería además el Jefe de Gabinete Imperial, y el Conde de Zichy el Director del Gabinete Civil. Con la costa napolitana se perdió en la lejanía el recuerdo de una tarde en que las aguas doradas del Golfo de Nápoles bañaban las riberas de Castellamare y en medio de bosques de naranjos en flor se aparecía Sorrento. Un vapor violáceo envolvía al Vesubio y el Archiduque Maximiliano, guiado por un monje capuchino visitó el Camposanto, comentó que era una ciudad de casas o templos miniatura: griegos, egipcios, góticos, romanos; escuchó el susurro de los cipreses, aspiró el aroma de los mirtos, bebió chianti y Lachryma Christi, viajó a Capri, conoció las ruinas del Palacio de Tiberio y mientras se llenaba la boca con el jugo helado de una tuna admiró a una mujer con sonrisa de bacante que se dejaba arrastrar por la ola vertiginosa, encendida, de la tarantella. Pero de eso hacía ya varios años. El lunes 18 de abril, a la una de la tarde, la escuadra entró en la rada de Civitavecchia, donde fue recibida con bandas de música, los cañonazos de los barcos surtos en el puerto y las tropas francesas de ocupación, así como el tren especial que debía conducirlos a Roma.

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