Explore "Noticias del Imperio" by Fernando del Paso on Textopian. Read with annotations and highlights.
¿Loca yo? ¿Baronesa de la Nada, Princesa de la Espuma, Reina del Olvido? Mentira. Y si me tienen encerrada, si me acusan de loca, es por eso y nada más: por la mentira. Porque yo soy, Maximiliano, la Emperatriz de la Mentira. Pero de la gran mentira, de la verdadera mentira, de la mentira que se enciende sólo al contacto de las rosas coaguladas: las rosas de la Condesa Von Bülow. De la mentira que se enreda, como una víbora de púas, en el más sagrado pan de los hornos, y que cambia de piel cuando acaricia el mar: el mar es el Adriático, y mía su piel azul donde se retrata, con sus gallardetes al aire, la fragata Novara. Yo soy la Emperatriz de la mentira que se levanta del césped y asciende en el aire para reventar como una burbuja de aire: el césped es el Jardín de Laeken, y la burbuja son todas las ilusiones que me hice de ti y de México. Dime, Maximiliano, dime: ¿has visto a la mentira, a la maldita mentira disfrazarse con una cáscara de sueños, o desnuda, horizontal y mansa, seguir los filos de la piel del tigre y destrenzar su canto? La mentira es Concepción Sedano y tu amor por ella. Mírala, Maximiliano: es una mentira perfumada y lisa, indivisible, como un libro con las páginas en blanco. Es una mentira alada y negra como una mariposa de la noche. Anda, vete a Cuernavaca y con tu red de mariposas, trata, Maximiliano, de apresarla, de clavar a la mentira con un alfiler a tu almohada y cortarle las alas, esas alas que sin sentirlo se llevaron para siempre los mejores años de tu vida. La reconocerás también por sus mejillas ventiladas y sus ovarios endomingados, escondida tras un enjambre de máscaras de vidrio: yo me puse una de esas máscaras, Maximiliano, la noche en que bailé contigo en Laeken, coronada con una diadema de muérdago de flores amarillas y bayas rosadas y translúcidas de las que escurría un líquido viscoso, ¿te acuerdas, Maximiliano? Yo usé una de esas máscaras el día en que, antes de irme contigo a Viena, caí dos veces de rodillas ante el sepulcro de mi madre. Ándale, atrévete a tragarte la mentira, la mentira soberana del mundo rodeada de su séquito de pigmeos que le sacan brillo a lengüetadas, a sus muñones de ébano, la mentira bajo su palanquín de peladuras de naranja sentada en retrete donde se cuecen, juntas, violetas y tarántulas. Las violetas crecen en las Tullerías y en Fontainebleau: las violetas anidan, también, en el corazón podrido del Rey de Roma. Anda, haz tuya la mentira, si te atreves. Es una mentira de carbón y túnicas como un fantasma de verdad. Péscala, si puedes, por sus excrecencias de nieve y con esa nieve lávate la cara, lávate tus mentiras, lávate tu soberbia para que tú también, como yo, vuelvas a ser niño y encuentres a la mentira en el corazón de las manzanas. Las manzanas te las llevó a tu cuarto, en una canasta, tu madre Sofía cuando estabas enfermo de sarampión. La mentira, Maximiliano, cambia de ojos cuando toca a las estrellas: las estrellas las viste tú una noche, desde la cumbre de la Pirámide del Sol. Las estrellas te vieron a ti en el acueducto de Zempoala y te bañaron con su luz de mentiras, te lloraron, las estrellas, cuando dejaste para siempre a Miramar. Pero tampoco, Maximiliano, podrás pescar las estrellas con tu red de mariposas porque con todas ellas se hace una sola gran mentira que está llena de viento negro, que se zarandea como una media luna colgada de la oreja de la luna, pero que no se deja morder la punta de las venas ni acariciar la plata de sus arcos.