Los muros de agua by José Revueltas — Read

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El polvo era fino y caliente. Los pies, que sudaban dentro de los zapatos, se hundían con desesperada fatiga en el camino, blanco e infernal bajo aquella atmósfera ahogada. Después de las zarzas, sedientas y malévolas, que bordeaban aquella cinta blanca, seguían las plantaciones de papayos, un tanto ridículos, vagamente parecidos a avestruces, rodeados de alambradas. El sol había traspuesto la prominencia más alta del cerro, llamada El Borbollón y pese a que su fuego no caía ya directamente, de la tierra se desprendía un calor picante y molesto que parecía introducirse en las articulaciones de los huesos y en las ventanas de la nariz donde se mezclaba con rasposas mucosidades.

Ramón montaba un flaco mulo sin herraduras: era éste uno de esos animales a quienes la gente de campo llaman «espiados» por haber consumido las pezuñas de tanto caminar y que cuando lo hacen, después, pisan con la carne viva en el suelo. El pobre mulo cojeaba al contacto con la caliente tierra provocando las iras de Ramón que mostraba su boca desdentada al maldecir.

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