Explore "Los muros de agua" by José Revueltas on Textopian. Read with annotations and highlights.
«Es que estoy soñando», pensó confusamente Ernesto. Escuchaba la voz de Marcos, pero al fijarse bien advertía su equívoco, pues aquélla no era otra que la voz de El Zapato, con su lobanillo a la espalda, inclinándose sobre las ramas mientras blandía su machete. «¡Ernesto! ¡Ernesto! » El Zapato volvíase con furia llameándole los ojos de una manera siniestra, para proferir frases entrecortadas que se convertían en gemidos. Eran largos gemidos dolorosos, inmensos gemidos que parecían una cama de hospital ininterrumpida y tan grande como la misma sala de cadáveres. Los cadáveres tomaban asiento en las planchas de mármol y decían rotundamente, silbando a semejanza de El Miles: «Peores que rateros y asesinos», y echaban a correr en medio de una nube de polvo que ardía en la nariz. El Zapato, que en esos momentos los conducía por entre las breñas -todos se habían vuelto niños y hasta Rosario era una niña muy conocida que en el colegio se llamaba Carmen-, tenía ahora la fisonomía exacta de «El Zapato Roto», héroe en las películas de episodios (1920-24). Movíase con rapidez, marcando los movimientos, y de pronto levantaba los brazos para alcanzar una escala que se le tendía desde un aeroplano, cuyo vuelo no podía ser más lento ni más ruidoso. En una forma extraña, atroz, el piloto abría los ojos desmesuradamente, gritando: «¡Ernesto! », y luego un gemido se escuchaba otra vez, hendiendo el aire con un rumor metálico.
-¡Ernesto, despierta!