Los muros de agua by José Revueltas — Read

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Los cerdos del subteniente Smith eran gordos, innobles como todos los cerdos del mundo. Después de la comida se movían perezosamente, con un ritmo pesado, satisfecho y actitudes que parecían humanas, pero en el acto mismo y un poco antes, cuando presentían la comida, eran de una diligencia primitiva y grosera, llena de escándalo y de brutalidad. Los cerdos jóvenes, pequeños y aún limpios, tenían, por el contrario, cierta gracia, se asustaban, corrían, y en sus ojillos vivaces parpadeaba el azoro de la vida.

Cuando todas las mañanas, entre las nueve y las diez, oían un ruido particular, un ruido a la vez elástico y seco, de ligaduras restiradas y sin lubricación, se ponían a gruñir como en un infierno, como gruñen los cerdos por cualquier cosa para demostrar su profundísimo apego a la vida. Y es que el ruido lo provocaba el subteniente Smith al encaminarse a los chiqueros moviendo sus piernas escrofulosas y sus brazos embrionarios, de animal aún no consumado.

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