La invención de América by Edmundo O'Gorman

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El ser concedido a las nuevas tierras, el de la posibilidad de llegar a ser otra Europa, encontró su fórmula adecuada en la designación de "Nuevo Mundo" que, desde entonces, se emplea como sinónimo de América. Esa designación, en efecto, indica, precisamente, la diferencia específica que individualizó en el orden histórico a la "cuarta parte" del mundo frente al conjunto de las otras tres partes correlativamente designadas en su conjunto como el "Viejo Mundo". El significado de ambas designaciones resulta transparente, porque si en su acepción tradicional "mundo" quiere decir la porción del orbe terrestre providencialmente asignada para habitación del hombre, América resultó ser, literalmente, un mundo nuevo en el sentido de una ampliación imprevisible de la vieja casa o, si se prefiere, de la inclusión en ella de una parcela de la realidad universal, considerada hasta entonces del dominio exclusivo de Dios. Se advertía el importante matiz que separa esa trascendental manera de entender la designación de "Nuevo Mundo" del sentido que Colón y Vespucio concedieron a esa misma designación. El nuevo mundo imaginado por ellos implicaba un dualismo irreductible, puesto que postulaba la existencia de un ente ya constituido en la condición y ser de "mundo", frente a otro igualmente acabado y hecho; nuevo, pues, sólo por la circunstancia de su reciente hallazgo. Pero la otra designación, la que surgió a consecuencia de la concepción de las nuevas tierras como "cuarta parte" del mundo, alude a un ente al que, es cierto, también se le concede el sentido de "mundo", pero sólo en cuanto posibilidad del otro que, nada más por ese motivo, se concibe como "viejo mundo". En el primer caso se trata de dos mundos distintos e irreductibles, motivo que obligó el rechazo de las intuiciones de Colón y de Vespucio; en el segundo caso, por lo contrario, se trata de dos modalidades de un único mundo: en potencia el uno, y en ese sentido "nuevo"; en acto, el otro, y en ese sentido "viejo".

Al habernos hecho cargo de la doble vertiente del ser americano podemos dar por concluido nuestro análisis y sólo nos resta puntualizar sus resultados. América, en efecto, fue inventada bajo la especie física de "continente" y bajo la especie histórica de "nuevo mundo". Surgió, pues, como un ente físico dado, ya hecho e inalterable, y como un ente moral dotado de la posibilidad de realizarse en el orden del ser histórico. Estamos en presencia, pues, de una estructura ontológica que, como la humana, supone un soporte corporal de una realidad espiritual. Vamos a concluir, entonces, que no sólo se debe desechar la interpretación según la cual América apareció al conjuro de un mero y casual contacto físico con unas tierras que ya estarían constituidas -no se explica cómo y por quién- en el ser americano, sino que debemos sustituir tan portentoso acontecimiento por el de un proceso inventivo de un ente hecho a imagen y semejanza de su inventor. Pero un proceso que trascendió infinitamente su inmediato resultado, puesto que le abrió al hombre la posibilidad, en principio, de apoderarse de la realidad universal y, en la práctica, de cuanto de ella pueda conquistar su audacia y la excelencia de su técnica.

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